Caminas por la casa con una
sombra de inquietud que no logras sacudir. Miras la pantalla de tu teléfono
como quien observa un oráculo que se niega a hablar. Sabes que, en algún
momento, llegará ese mensaje habitual: un reporte seco sobre la cena, un breve
aviso de que el día ha terminado, una despedida apresurada hacia el sueño.
Elena, te preguntas cuántas
mujeres viven atrapadas en ese mismo limbo, confundiendo la intermitencia con
el amor. Te miras al espejo y te das cuenta de que no eres más que un accesorio
en la vida de un hombre que, al igual que él, ha olvidado cómo defender su
propia historia. Viste cómo permitió que su propia sangre le arrebatara su
lugar en el mundo, y viste también, con un dolor que raya en la lucidez, que no
hubo en él ni el valor ni la voluntad para levantarse.
Ahora entiendes que, al intentar
estar con él, solo estabas intentando sostener un vacío. No hay amor donde no
existe la curiosidad por el alma ajena, solo existe la necesidad de no estar
solo frente al espejo.
Has dejado de esperar, Elena. El
tiempo, ese recurso que no conoce la piedad ni el perdón, se vuelve demasiado
valioso para malgastarlo en la pasividad ajena. Ya no te duele la ausencia de
sus llamadas, porque finalmente has comprendido que el silencio de tu propia
compañía es, hoy y siempre, infinitamente más digno que el ruido de alguien que
jamás aprendió a verte.

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