domingo, 19 de julio de 2026

LA PARADOJA DEL VACÍO ACOMPAÑADO.




 

​Caminas por la casa con una sombra de inquietud que no logras sacudir. Miras la pantalla de tu teléfono como quien observa un oráculo que se niega a hablar. Sabes que, en algún momento, llegará ese mensaje habitual: un reporte seco sobre la cena, un breve aviso de que el día ha terminado, una despedida apresurada hacia el sueño.

​Elena, te preguntas cuántas mujeres viven atrapadas en ese mismo limbo, confundiendo la intermitencia con el amor. Te miras al espejo y te das cuenta de que no eres más que un accesorio en la vida de un hombre que, al igual que él, ha olvidado cómo defender su propia historia. Viste cómo permitió que su propia sangre le arrebatara su lugar en el mundo, y viste también, con un dolor que raya en la lucidez, que no hubo en él ni el valor ni la voluntad para levantarse.

​Ahora entiendes que, al intentar estar con él, solo estabas intentando sostener un vacío. No hay amor donde no existe la curiosidad por el alma ajena, solo existe la necesidad de no estar solo frente al espejo.

​Has dejado de esperar, Elena. El tiempo, ese recurso que no conoce la piedad ni el perdón, se vuelve demasiado valioso para malgastarlo en la pasividad ajena. Ya no te duele la ausencia de sus llamadas, porque finalmente has comprendido que el silencio de tu propia compañía es, hoy y siempre, infinitamente más digno que el ruido de alguien que jamás aprendió a verte.

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