En un mundo que a veces parece ensordecido por el eco de la
discordia, la verdadera rebelión es la bondad. No existe riqueza en la tierra,
ni oro en sus entrañas, que iguale el valor de una sonrisa provocada en el
rostro del prójimo.
Preocuparse por la felicidad de quienes nos rodean no es un
acto de sacrificio, sino la forma más pura de amor propio; porque cuando
encendemos una lámpara para otro, nuestro propio camino se ilumina.
Digamos sí al amor, ese que construye puentes y escribe
antologías de hermandad. Digamos no a la guerra, a esa ceguera del alma que
solo sabe destruir.
Nuestra única batalla debe ser contra la indiferencia, y
nuestra única victoria, la paz compartida en la "cabaña" de la vida.
Porque, al final del día, nada nos hace más humanos, ni más felices, que el
sagrado oficio de hacer felices a los demás.
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