En una casita diminuta, oculta
bajo un techo de nieve perpetua en el rincón más tranquilo del Polo Norte,
vivía una niña de ocho años llamada Emilia. No era un elfo, ni una duendecilla,
sino una ayudante especial de Santa Claus. Tenía el cabello color chocolate y
unos ojos curiosos que brillaban más que las escarchas de hielo.
Un día, la fábrica de juguetes
se detuvo. El silencio era tan grueso que se podía cortar con un cortador de
galletas de jengibre. Los pequeños cascabeles de los elfos no sonaban, y las
máquinas pulidoras de trineos estaban inmóviles.
Santa Claus, con su barba más
desordenada de lo habitual y una expresión de profunda preocupación, llamó a
Emilia a su oficina.
--Emilia, mi querida niña-,
suspiró Santa, señalando un mapa viejo.
-Tenemos un problema. Un problema muy, muy grande-
Emilia se acercó al escritorio,
donde había un objeto que brillaba débilmente: la Brújula del Espíritu
Navideño.
-Parece que... la aguja está
quieta -, susurró Emilia.
--Exacto-, asintió Santa
tristemente. - La Navidad... se ha perdido. No me refiero a los juguetes o los
renos, sino a la verdadera esencia. La gente en el mundo está tan ocupada, tan
apresurada, que han olvidado la sensación mágica. La Brújula ya no encuentra el
camino. Si la gente no siente la Navidad, no podré entregarla-.
Santa se inclinó hacia ella. -
Necesito que tú vayas, Emilia. Tú tienes el corazón más puro y sabes encontrar
la alegría en las cosas pequeñas. Tienes que ir a las ciudades, encontrar los
pedacitos de la Navidad perdida y traerlos de vuelta. Solo así la Brújula
volverá a funcionar-.
Emilia sintió un escalofrío de
emoción. Su misión no era empacar regalos, sino rescatar la alegría del mundo.
-¡Lo haré, Santa! ¿Qué debo buscar?-
preguntó Emilia, lista para la aventura.
Santa le dio un saquito de
terciopelo. - Busca tres tesoros perdidos: el Sonido de la Generosidad, el
Color del Recuerdo, y la Luz de la Esperanza. Cuando los tengas, la Navidad
volverá a encenderse-.
Con su saquito mágico y una
bufanda más abrigadora que un abrazo, Emilia se montó en un mini-trineo tirado
por un reno joven llamado Saltarín. Su gran aventura para salvar la Navidad
acababa de empezar.
El Primer Tesoro: El Sonido de
la Generosidad.
Saltarín aterrizó suavemente en
el tejado de un gran edificio en una ciudad ruidosa y llena de luces
brillantes, pero frías. Las personas iban y venían con bolsas llenas de
regalos, pero nadie sonreía. El ruido era un murmullo apurado de cláxones y
pasos rápidos, no el alegre sonido de la generosidad.
Emilia encontró a unos niños
jugando en un parque y les contó su misión. Una niña, Sofía, le preguntó: -
¿Qué es el sonido de la generosidad?-
-Es el sonido que hace el
corazón cuando se abre para dar cariño y tiempo-, explicó Emilia. -Hay un lugar
especial cerca de aquí, un asilo de ancianos, donde las personas mayores están
un poco solitarias. Si vamos y les damos nuestro tiempo, nuestras sonrisas y
nuestras canciones, haremos ese sonido tan fuerte que la Brújula de Santa podrá
oírlo-.
Rápidamente, Emilia y los niños
hicieron un cartel y caminaron hasta la Casa del Árbol de los Recuerdos. Al
entrar, el lugar era cálido, pero silencioso.
Los niños se reunieron alrededor
de un viejo piano y comenzaron a cantar villancicos. La sala se llenó de risas,
de palmas y de historias que los ancianos compartían. Un abuelo golpeaba el
ritmo con su bastón.
De repente, el saquito de
terciopelo de Emilia comenzó a vibrar. Un cascabeleo suave y cristalino llenó
el aire. ¡Había capturado el Sonido de la Generosidad! Era el sonido de la risa
que se mezcla con el canto y el tictac de un corazón que se siente amado.
El Segundo Tesoro: El Color del
Recuerdo.
Emilia se dio cuenta de que el
asilo no solo era el lugar de la Generosidad, sino también el cofre donde se
guardaba el Color del Recuerdo.
Se acercó a la abuela que había
empezado a mover la cabeza con la música. La anciana sonrió y abrió una caja de
madera gastada.
Dentro, había adornos navideños
muy viejos: una bola de cristal azul profundo, un soldadito de madera de color
rojo vivo y una estrella de papel dorado y amarillo.
-El recuerdo, querida-, dijo la
anciana, no es un solo color, sino un mosaico de todos los que alguna vez
amamos -
Recordó el azul profundo de la
noche fría, el rojo de la emoción de su hermano pequeño y el dorado de la
felicidad al hacer la estrella con su hija.
De pronto, un suave resplandor
se escapó de la caja. El saquito de terciopelo de Emilia comenzó a zumbar, y un
fuego cálido y multicolor se instaló dentro. ¡Había capturado el Color del
Recuerdo! Era el matiz de la nostalgia tierna, la alegría que se siente al
revivir un momento de amor.
"¡Dos tesoros
encontrados!" susurró Emilia.
El Tercer Tesoro: La Luz de la
Esperanza.
Saltarín llevó a Emilia a un
pequeño pueblo cerca de un edificio antiguo llamado el Hogar de los Sueños
Olvidados, un orfanato. El árbol de Navidad estaba casi vacío y el ambiente era
de espera silenciosa.
Emilia conoció a Lena, una niña
que dibujaba con un lápiz gris la casa y la familia que esperaba tener algún
día. Esa fe inquebrantable era la Esperanza.
Emilia usó el Color del Recuerdo
capturado para darle vida al dibujo de Lena. Luego, animó a todos los niños a
tomar sus sueños (una familia, un juguete, un nuevo amigo) y convertirlos en
pequeñas linternas de papel que representaban su fe en el futuro.
Uno a uno, cada niño fue
colgando su "promesa" en el árbol.
Cuando el último niño colgó su
linterna, una Luz dorada, pura y suave emanó de cada adorno. La luz no era
deslumbrante, sino confortable, como un cálido abrazo. Era la Luz de la
Esperanza, la fe que se niega a morir.
El saquito de terciopelo de
Emilia brilló con tanta fuerza que la luz iluminó todo el orfanato. ¡El tercer
tesoro estaba a salvo!
En ese momento, la Brújula del
Espíritu Navideño de Santa comenzó a girar y la fábrica de juguetes se llenó
del sonido de miles de cascabeles. ¡La Navidad había sido encontrada!
Epílogo: El Mejor Trabajo del
Mundo.
Santa Claus recibió a Emilia con
un abrazo de oso. A partir de ese año, Emilia tuvo un nuevo y importantísimo
trabajo en el Polo Norte: ser la Guardiana del Espíritu Navideño.
Su misión era viajar al
principio de cada diciembre para hacer una inspección de alegría. Visitaba a
los ancianos, donde el coro cantaba más fuerte que nunca, y el orfanato, donde
la pequeña Lena, gracias a la luz de su esperanza, había encontrado una familia
amorosa.
Emilia había aprendido la
lección más grande de todas:
La Navidad no es un día que
llega, sino un sentimiento que se construye. Y lo más importante que se puede
dar no se compra en una tienda, sino que viene del corazón: el tiempo, el amor
y la esperanza.
Y así, año tras año, la Navidad
se hizo más brillante y más fuerte, todo gracias a una niña llamada Emilia que
supo que, para encontrar la magia, primero hay que creer en ella y compartirla.
FIN
Autora : Ma. Gloria
Carreón Zapata.
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Imagen de Google.

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