sábado, 13 de diciembre de 2025

EMILIA Y LA NAVIDAD PERDIDA.

 

                                                                                


 

​En una casita diminuta, oculta bajo un techo de nieve perpetua en el rincón más tranquilo del Polo Norte, vivía una niña de ocho años llamada Emilia. No era un elfo, ni una duendecilla, sino una ayudante especial de Santa Claus. Tenía el cabello color chocolate y unos ojos curiosos que brillaban más que las escarchas de hielo.

​Un día, la fábrica de juguetes se detuvo. El silencio era tan grueso que se podía cortar con un cortador de galletas de jengibre. Los pequeños cascabeles de los elfos no sonaban, y las máquinas pulidoras de trineos estaban inmóviles.

​Santa Claus, con su barba más desordenada de lo habitual y una expresión de profunda preocupación, llamó a Emilia a su oficina.

​--Emilia, mi querida niña-, suspiró Santa, señalando un mapa viejo.  -Tenemos un problema. Un problema muy, muy grande-

​Emilia se acercó al escritorio, donde había un objeto que brillaba débilmente: la Brújula del Espíritu Navideño.

​-Parece que... la aguja está quieta -, susurró Emilia.

​--Exacto-, asintió Santa tristemente. - La Navidad... se ha perdido. No me refiero a los juguetes o los renos, sino a la verdadera esencia. La gente en el mundo está tan ocupada, tan apresurada, que han olvidado la sensación mágica. La Brújula ya no encuentra el camino. Si la gente no siente la Navidad, no podré entregarla-.

​Santa se inclinó hacia ella. - Necesito que tú vayas, Emilia. Tú tienes el corazón más puro y sabes encontrar la alegría en las cosas pequeñas. Tienes que ir a las ciudades, encontrar los pedacitos de la Navidad perdida y traerlos de vuelta. Solo así la Brújula volverá a funcionar-.

​Emilia sintió un escalofrío de emoción. Su misión no era empacar regalos, sino rescatar la alegría del mundo.

​-¡Lo haré, Santa! ¿Qué debo buscar?-  preguntó Emilia, lista para la aventura.

​Santa le dio un saquito de terciopelo. - Busca tres tesoros perdidos: el Sonido de la Generosidad, el Color del Recuerdo, y la Luz de la Esperanza. Cuando los tengas, la Navidad volverá a encenderse-.

​Con su saquito mágico y una bufanda más abrigadora que un abrazo, Emilia se montó en un mini-trineo tirado por un reno joven llamado Saltarín. Su gran aventura para salvar la Navidad acababa de empezar.


El Primer Tesoro: El Sonido de la Generosidad.


​Saltarín aterrizó suavemente en el tejado de un gran edificio en una ciudad ruidosa y llena de luces brillantes, pero frías. Las personas iban y venían con bolsas llenas de regalos, pero nadie sonreía. El ruido era un murmullo apurado de cláxones y pasos rápidos, no el alegre sonido de la generosidad.

​Emilia encontró a unos niños jugando en un parque y les contó su misión. Una niña, Sofía, le preguntó: - ¿Qué es el sonido de la generosidad?-

​-Es el sonido que hace el corazón cuando se abre para dar cariño y tiempo-, explicó Emilia. -Hay un lugar especial cerca de aquí, un asilo de ancianos, donde las personas mayores están un poco solitarias. Si vamos y les damos nuestro tiempo, nuestras sonrisas y nuestras canciones, haremos ese sonido tan fuerte que la Brújula de Santa podrá oírlo-.

​Rápidamente, Emilia y los niños hicieron un cartel y caminaron hasta la Casa del Árbol de los Recuerdos. Al entrar, el lugar era cálido, pero silencioso.

​Los niños se reunieron alrededor de un viejo piano y comenzaron a cantar villancicos. La sala se llenó de risas, de palmas y de historias que los ancianos compartían. Un abuelo golpeaba el ritmo con su bastón.

​De repente, el saquito de terciopelo de Emilia comenzó a vibrar. Un cascabeleo suave y cristalino llenó el aire. ¡Había capturado el Sonido de la Generosidad! Era el sonido de la risa que se mezcla con el canto y el tictac de un corazón que se siente amado.


El Segundo Tesoro: El Color del Recuerdo.


​Emilia se dio cuenta de que el asilo no solo era el lugar de la Generosidad, sino también el cofre donde se guardaba el Color del Recuerdo.

​Se acercó a la abuela que había empezado a mover la cabeza con la música. La anciana sonrió y abrió una caja de madera gastada.

Dentro, había adornos navideños muy viejos: una bola de cristal azul profundo, un soldadito de madera de color rojo vivo y una estrella de papel dorado y amarillo.

​-El recuerdo, querida-, dijo la anciana, no es un solo color, sino un mosaico de todos los que alguna vez amamos -

​Recordó el azul profundo de la noche fría, el rojo de la emoción de su hermano pequeño y el dorado de la felicidad al hacer la estrella con su hija.

​De pronto, un suave resplandor se escapó de la caja. El saquito de terciopelo de Emilia comenzó a zumbar, y un fuego cálido y multicolor se instaló dentro. ¡Había capturado el Color del Recuerdo! Era el matiz de la nostalgia tierna, la alegría que se siente al revivir un momento de amor.

​"¡Dos tesoros encontrados!" susurró Emilia.


El Tercer Tesoro: La Luz de la Esperanza.


​Saltarín llevó a Emilia a un pequeño pueblo cerca de un edificio antiguo llamado el Hogar de los Sueños Olvidados, un orfanato. El árbol de Navidad estaba casi vacío y el ambiente era de espera silenciosa.

​Emilia conoció a Lena, una niña que dibujaba con un lápiz gris la casa y la familia que esperaba tener algún día. Esa fe inquebrantable era la Esperanza.

​Emilia usó el Color del Recuerdo capturado para darle vida al dibujo de Lena. Luego, animó a todos los niños a tomar sus sueños (una familia, un juguete, un nuevo amigo) y convertirlos en pequeñas linternas de papel que representaban su fe en el futuro.

​Uno a uno, cada niño fue colgando su "promesa" en el árbol.

​Cuando el último niño colgó su linterna, una Luz dorada, pura y suave emanó de cada adorno. La luz no era deslumbrante, sino confortable, como un cálido abrazo. Era la Luz de la Esperanza, la fe que se niega a morir.

​El saquito de terciopelo de Emilia brilló con tanta fuerza que la luz iluminó todo el orfanato. ¡El tercer tesoro estaba a salvo!

​En ese momento, la Brújula del Espíritu Navideño de Santa comenzó a girar y la fábrica de juguetes se llenó del sonido de miles de cascabeles. ¡La Navidad había sido encontrada!


Epílogo: El Mejor Trabajo del Mundo.


​Santa Claus recibió a Emilia con un abrazo de oso. A partir de ese año, Emilia tuvo un nuevo y importantísimo trabajo en el Polo Norte: ser la Guardiana del Espíritu Navideño.

​Su misión era viajar al principio de cada diciembre para hacer una inspección de alegría. Visitaba a los ancianos, donde el coro cantaba más fuerte que nunca, y el orfanato, donde la pequeña Lena, gracias a la luz de su esperanza, había encontrado una familia amorosa.

​Emilia había aprendido la lección más grande de todas:

​ La Navidad no es un día que llega, sino un sentimiento que se construye. Y lo más importante que se puede dar no se compra en una tienda, sino que viene del corazón: el tiempo, el amor y la esperanza.

​Y así, año tras año, la Navidad se hizo más brillante y más fuerte, todo gracias a una niña llamada Emilia que supo que, para encontrar la magia, primero hay que creer en ella y compartirla.

 

 


 

​FIN

Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.

@copyright.

Imagen de Google.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL OLVIDO DE LA SOBERBIA

    ​Tu desdén hizo mella en mi sentido despreciaste el amor que te entregaba no supiste que el alma que te amaba era templo de un...