La inmensidad verde del bosque
me envolvió de inmediato, invitándome a adentrarme en su misterio. Dispuesta a
gozar de su hechizo, me adentré en la arboleda.
El melodioso canto de las aves
rompía el denso silencio. Las hojas secas, girando como diminutas naves, se
resistían a desprenderse de las ramas, como si cada una transportara
extraordinarias y microscópicas criaturas. Los árboles milenarios me daban la
bienvenida moviendo sus copas al vaivén del viento.
Entre el abundante follaje, vi
desplazarse con agilidad a pequeños seres de unos veinte centímetros. Vestían
ropas vistosas y me miraban con ternura a través de sus ojos pequeños y
hundidos, coronados por orejas y sombreros puntiagudos.
Incrédula, observé cómo se dispersaban,
acorralándome en un intento juguetón de asustarme. En segundos, algunos se
transformaron en bellas aves de colores que revolotearon sobre mi cabeza.
Me quedé inmóvil, temerosa de
pisar a los que me rodeaban. Avisté un tronco caído y me dirigí hacia él; desde
esa altura privilegiada seguí observándolos. Me miraban con curiosidad, sin
duda considerándome un bicho raro que invadía su hábitat.
No sentí miedo; al contrario, me sentí parte
de ellos, solo que con mayor estatura y diferentes facciones. De pronto,
empezaron a lanzar pequeñas ramas sobre mi cabeza.
"Quieren jugar,"
musité para mí misma; estaban entrando en confianza. Logré escuchar sus
risillas maliciosas y traviesas que se confundían con el soplido del viento.
Me levanté y comencé a andar, y pude
percatarme de que me seguían. Otros se colgaban de los ramales que unían los
árboles. Una sensación de paz me invadió; deseé quedarme para siempre en ese
mágico lugar. Al detenerme frente a un árbol gigantesco, vi un hueco que
simulaba una puerta.
"Seguramente es donde
viven," me dije. Me arrodillé y luego me acosté sobre el césped, logrando
introducir la mitad de mi cuerpo en la cavidad. Lo que vi me dejó pasmada. El
interior estaba habitado por pequeños seres con alas de esplendorosos colores
que iluminaban la oscura madriguera. Al darse cuenta de mi presencia, elevaron
el vuelo hacia lo alto del tronco.
Saqué mi entrometido cuerpo del
hueco y comencé a correr alrededor del árbol, seguida por las criaturas aladas
que se posaban en mi cabeza y en mi torso. Los demás hombrecillos, sin dejar de
reír, se asomaron por todos lados para unirse a la diversión. Ignoro cuánto
tiempo pasó; duendes, hadas, naturaleza y viento formábamos el más bello
complemento. Ahí, en la risa compartida con esos entes fantásticos, comprendí
que había recuperado la niña que llevo dentro.
Al retornar, la armonía del
bosque se disolvió en la cruda luz de la realidad, convirtiéndose en un
doloroso espejo.
La comunión que experimenté con
esos seres fantásticos reveló la profunda ceguera de nuestra especie. ¿Cómo
podemos llamarnos la cúspide de la inteligencia cuando somos incapaces de
percibir la dignidad en todo lo que nos rodea?
Nos hemos autoproclamado amos de este planeta,
y bajo esa arrogante etiqueta, hemos justificado la destrucción sistemática: el
sometimiento de los demás seres vivos, la devastación del verdor y la sordera
ante el canto de la Madre Naturaleza. Olvidamos que la vida no es un recurso a
explotar, sino una red interconectada.
Es una ironía amarga: encontramos
consuelo en fantasías mientras destruimos la magia tangible que nos mantiene
vivos. La inocencia de la niñez nos permite ver ese valor; la adultez, por conveniencia
y codicia, elige activamente ignorarlo.
Autora : Ma. Gloria Carreón
Zapata.
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