sábado, 13 de diciembre de 2025

LA MAGIA DE DAR

 





​ Capítulo 1:

ELÍAS Y LA CONTABILIDAD DE DAR.

 

 

​Elías, el mejor artesano de juguetes de la Ciudad de Hojalata, tenía dedos que obraban milagros. Sus trenes silbaban con una melodía que imitaba el viento invernal, y sus soldaditos de madera desfilaban con una rigidez admirable. Pero si sus manos eran generosas con la belleza, su corazón era parsimonioso.

​Elías había crecido bajo la tutela de unos padres que equiparaban el valor de la vida con el saldo de una cuenta bancaria. "Las bendiciones, Elías," le decían, "son una inversión. Nunca se comparten, se acumulan." Y sobre la gratitud, su padre solía resoplar: "El agradecimiento es una debilidad; las personas te pagan por tu trabajo, no por tu bondad."

​Ahora, a una semana de la Nochebuena, su taller olía a pino, barniz y billetes. La gente hacía fila para comprar sus preciadas obras. Elías, sentado tras su mostrador de ébano, no veía los rostros ilusionados de los niños que miraban los juguetes; solo veía las monedas de oro que apilaba cuidadosamente.

​Esa tarde, una anciana con un abrigo gastado y una sonrisa que parecía hecha de luz se acercó al mostrador. Tenía las manos vacías.

​"Señor Elías," dijo con voz suave, "sé que no puedo pagar uno de sus maravillosos autos de carreras, pero necesito algo especial para mi nieto que está enfermo. ¿Quizás un pequeño juguete de madera que no haya vendido aún? Algo simple, por favor."

​Elías la miró por encima de sus lentes. Su mirada era como un inventario frío.

​"Todo en este taller tiene un precio, señora," respondió secamente, señalando un pequeño burro de juguete sin pintar. "El precio está ahí, marcado en la etiqueta. Y este, en particular, es mi modelo más antiguo. Lo dudo."

​La anciana suspiró, pero su sonrisa no vaciló. Sacó un pañuelo de su bolsillo y dejó sobre la mesa no monedas, sino una pequeña flor de papel hecha con una envoltura de caramelo.

​"Es todo lo que tengo para ofrecer," dijo. "Es un recuerdo de mi nieto. Está hecho con amor."

​Elías empujó la flor con el dedo, como si fuera suciedad. "No acepto limosnas ni basura, señora. Acepto oro o plata."

​La anciana recogió su flor, asintió con tristeza y se marchó. Elías sintió un pequeño cosquilleo en el pecho, pero lo ignoró. Era, seguramente, la acidez de la cena. No era culpa. No era remordimiento. Él solo estaba administrando sus bienes, tal como le habían enseñado.

​Pero esa noche, mientras dormía, el pequeño burro de juguete que se había negado a vender rodó de la estantería y, al caer, se rompió. En lugar de aserrín, de su vientre roto cayó una moneda de oro de la suerte que Elías había guardado allí hacía años, una moneda que su madre le había dicho que "nunca gastara, solo acumulara".

 

 

​Capítulo 2:

LA MONEDA RODANTE.


 

​A la mañana siguiente, Elías se despertó con el corazón acelerado. El pequeño burro de juguete estaba roto y, al lado, brillaba la moneda de oro. No era una moneda cualquiera; era una reliquia, la base de su futura fortuna, según la profecía de su madre. La tomó con una reverencia casi religiosa.

​"¡Qué imprudencia la mía!" murmuró, enfundándola en un pequeño bolsillo interior de su chaleco. "Casi pierdo mi inversión. Nunca más la dejaré sin vigilancia."

​Decidió que la guardaría en la caja fuerte de su banco, la más segura de la ciudad. Se puso su mejor abrigo y salió del taller, cerrando con triple llave. Mientras caminaba por la calle adoquinada, nevada y bulliciosa, su mente solo tenía espacio para el metal precioso que sentía palpitar cerca de su corazón.

​Iba tan absorto en la idea de la seguridad y el valor, que no prestó atención a nada más. No vio el carruaje que se acercaba, ni la risa de los niños jugando. Al girar bruscamente en una esquina, su hombro chocó con un joven mensajero cargado de paquetes navideños.

​"¡Cuidado, hombre!" gritó el mensajero, mientras Elías, con su temperamento avaro, se encendía.

​"¡Tenga más cuidado usted! Casi arruina mi..."

​En el altercado, Elías gesticuló violentamente y, sin que lo notara, la costura vieja del bolsillo de su chaleco cedió. La moneda de oro rodó silenciosamente, rebotando una vez en el suelo helado antes de detenerse junto a un montón de nieve sucia.

​Elías, convencido de que la culpa era del mensajero, siguió su camino hacia el banco sin notar su pérdida, su mente ya ocupada en la nueva cuenta de ahorro que abriría.

​Minutos más tarde, la anciana del abrigo gastado regresaba por esa misma calle. Venía de la farmacia, donde había usado sus últimos centavos para comprar una medicina simple para su nieto. Suspiraba, pensando en la tristeza que le causaría no tener ni un pequeño juguete para aliviar el dolor del niño.

​De repente, un destello llamó su atención. Ahí, casi enterrada en el hielo, estaba la moneda de oro.

​La anciana la recogió. Era pesada, brillante. Sus ojos se abrieron con asombro. Nunca había visto tanto oro en un solo lugar. En un instante, pensó en el auto de carreras del taller de Elías, en la calefacción que podría comprar, en la comida caliente. Era una fortuna, caída del cielo.

​Se quedó allí, sosteniendo la moneda, observando cómo la gente pasaba de largo. Podría guardarla y nadie lo sabría. Pero justo cuando estaba a punto de meterla en su bolsillo, recordó la cara de Elías, fría y juzgadora. Y luego, recordó la pequeña flor de papel que su nieto le había hecho, y que el artesano había despreciado.

​Ella sonrió. Era una sonrisa de una pureza que Elías nunca podría haber entendido.

 

 

​ Capítulo 3

EL REGALO INESPERADO Y LA ACUSACIÓN.


 

​La anciana, cuyo nombre era Clara, sostuvo la moneda de oro, sintiendo su peso. No pensó en ella misma ni en sus necesidades; solo en la promesa que la moneda representaba para su nieto. Para Clara, una bendición era una oportunidad para bendecir a otros. Poco le importaba quién la había perdido; solo importaba que ahora tenía el poder de hacer feliz a alguien que lo necesitaba.

​Con el abrigo ajustado y el corazón latiendo con esperanza, se dirigió de nuevo al Taller de Juguetes Elías.

​Cuando Clara entró, Elías estaba regresando del banco, furioso. Al llegar a la puerta de la institución, había notado el vacío en el bolsillo de su chaleco. Había palpado, rebuscado y, finalmente, gritado en medio de la calle. Su moneda de oro, su reliquia, se había ido. Estaba regresando al taller para buscar cualquier rastro o, peor aún, para hacer un inventario de lo que más le importaba: sus posesiones.

​Vio a Clara en el umbral, con el mismo abrigo gastado. Y entonces, sus ojos se fijaron en la mano que ella extendía.

​"Señor Elías," dijo Clara, con su sonrisa tranquila. "Vengo por el auto de carreras que está en el escaparate. El rojo, el más grande. Creo que ahora puedo comprarlo."

​Elías se quedó helado. Su mirada fue de la moneda brillante en la palma de Clara a su rostro, y luego, a su propio bolsillo vacío. El metal en la mano de la anciana era inconfundible: era su moneda, la que su madre le había dicho que "solo acumulara".

​La rabia, alimentada por años de avaricia inculcada, le subió a la cabeza.

​"¡Ladronzuela!" bramó Elías, golpeando el mostrador. "¡Esa es mi moneda! ¡La robaste! ¡Ayer no tenías nada, y hoy vienes a gastar mi patrimonio!"

​Clara se sobresaltó. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión de pura tristeza. "Señor, yo encontré esta moneda en la nieve, hace apenas unos minutos. La providencia la puso en mi camino para el regalo de mi nieto."

​"¡Mentira! ¡Es un robo!" rugió Elías. "¡La perdiste tú, no yo!"

​Sin darle tiempo a explicarse, Elías salió corriendo de su taller y gritó por la calle, atrayendo la atención de un oficial de policía que patrullaba cerca.

​"¡Oficial, deténgala! ¡Ha robado una moneda de oro de incalculable valor!"

​El oficial, un hombre joven llamado Thomas, entró en el taller. Vio a Elías, agitado y rojo, y a Clara, pequeña y temblorosa, con el brillo del oro en su mano.

​"Señora," dijo Thomas con voz seria, "tendrá que acompañarme."

​Elías sintió una satisfacción oscura. Había recuperado su dinero y, con suerte, esa mujer aprendería que las cosas no se "encuentran" por providencia, sino que se pagan.

 En ese momento, para él, la justicia era la recuperación de la riqueza.

​Mientras el oficial se llevaba a Clara, Elías tomó la moneda de oro y la guardó, sintiéndose triunfante. Pero justo cuando se disponía a cerrar la puerta, vio algo en el suelo que no había notado antes.

​Junto a donde había estado Clara, había una pequeña flor de papel arrugada y descolorida. No la había tirado Elías; había caído del bolsillo de Clara cuando la había agarrado. Elías recordó su desprecio del día anterior.

​Y por primera vez en años, el "cosquilleo" en su pecho no era acidez. Era una punzada aguda. La flor de papel, un regalo de amor, parecía acusarlo en el silencio del taller.

 

Capítulo 4

LA FLOR DE PAPEL Y LA MONEDA HUECA.


 

​Elías se quedó solo en el silencio opresivo de su taller, el brillo del oro en su mano pareciendo ahora frío y pesado. Volvió a examinar la moneda, su "inversión acumulada", la prueba tangible de las enseñanzas de sus padres.

​Luego, miró la flor de papel. Era insignificante, hecha con la envoltura de un dulce, y sin embargo, contenía un valor que ninguna casa de moneda podría tasar. La había hecho un niño enfermo, un acto de amor y gratitud para la persona que más lo cuidaba.

​"Hecho con amor," habían sido las palabras de Clara.

​Elías había despreciado ese regalo. Sus padres nunca le habían enseñado el idioma del afecto. Sus regalos siempre venían con una etiqueta de precio y una expectativa de devolución, no con el simple calor de la generosidad desinteresada. Él solo conocía el egoísmo, la avaricia y la fría contabilidad. El amor era un concepto abstracto que él había aprendido a descartar como una mala inversión.

​Sintió la punzada en el pecho, y esta vez, Elías no la atribuyó a la acidez.

 Era un dolor profundo que venía de una carencia vital. Él tenía el oro, pero Clara poseía algo infinitamente más valioso: la capacidad de amar y el privilegio de recibir un amor puro a cambio. Ella estaba dispuesta a sacrificar todo por un pequeño gesto de alegría para su nieto; él estaba dispuesto a sacrificar la dignidad de una anciana solo por acumular un metal que ya tenía.

​Tomó la flor de papel y la arrugó en su puño. Pero en lugar de tirarla, la abrió lentamente. Al hacerlo, notó una pequeña mancha oscura en uno de los pétalos. Era de la misma tierra en la que había encontrado la moneda.

​De repente, la verdad lo golpeó con la fuerza de un trineo descontrolado. Clara no mentía. Ella había encontrado la moneda justo donde él la había perdido, y su primer instinto no había sido guardarla o invertirla, sino convertirla en la felicidad de otro. Ella no había robado. Él había robado el buen nombre de una mujer noble, impulsado por una lección de vida errónea.

​Elías miró el auto de carreras rojo en el escaparate, y por primera vez, no vio el precio. Vio la alegría que ese juguete podría llevar a un niño postrado en cama.

​La moneda de oro en su mano se sentía ahora como una carga insoportable, un símbolo de su fracaso humano. Si la vida era acumular bendiciones, él había acumulado soledad.

​Rápidamente, se puso el abrigo. Tenía que enmendar su error, y rápido. La Navidad no era un balance de cuentas, sino una entrega del corazón. Una idea que nunca le habían enseñado, pero que la simpleza de una flor de papel le estaba gritando al alma.

 

 

​Capítulo 5

LA NOCHE BUENA DEL CORAZÓN ABIERTO.

 

 

​Elías corrió, sujetando la moneda de oro en una mano y la pequeña flor de papel en la otra. No se detuvo hasta llegar a la estación de policía, un edificio frío y de ladrillos sombríos.

​Encontró al Oficial Thomas llenando un informe, y a Clara sentada en un banco, pequeña y silenciosa, pero aún con ese halo de luz tranquila a su alrededor.

​"¡Oficial, deténgase! ¡He cometido un error terrible!" gritó Elías, casi sin aliento.

​Thomas levantó la vista, ceñudo. "¿Señor Elías? ¿Qué sucede ahora?"

​"Sucede que la Señora Clara es inocente," confesó Elías, con la vergüenza quemándole la cara. "La moneda es mía, pero ella la encontró. La perdí yo, por mi propia desatención. Fui yo quien la acusó injustamente, impulsado por... por el peor lado de mí."

​Se acercó a Clara, se quitó el sombrero y se inclinó, un gesto que no había hecho en décadas.

​"Señora Clara, por favor, perdóneme," dijo, y su voz, habitualmente cortante, se rompió por la emoción. "Soy un hombre que ha vivido sin afecto, sin saber dar. Usted demostró más nobleza con una flor de papel que yo con todo mi oro. Yo robé su dignidad y usted me ha enseñado el valor real de la vida."

​Clara no dijo nada, solo le dedicó una mirada de compasión, sin rencor.

​Elías sintió que, si bien había recuperado el oro, su verdadera riqueza estaba de pie frente a él. Sacó la moneda.

​"Esta moneda," continuó Elías, poniéndola en la mano de Clara, "le pertenece a usted, como prueba de que la providencia existe. Y el auto de carreras rojo también. Pero le ruego que acepte algo más."

​Señaló la flor de papel en su otra mano. "Usted y su nieto son la razón por la que entiendo la alegría. Sé que no me lo enseñaron, pero quiero aprender a compartir las bendiciones que he acumulado. Y estoy muy, muy solo."

​Una lágrima rodó por la mejilla de Elías. "Les ruego que pasen la Nochebuena conmigo en mi casa. Está llena de juguetes y de calor, pero vacía de alegría. Por favor, vengan a enseñarme a celebrar la Navidad con el corazón."

​Clara miró la moneda, luego al hombre que había pasado de ser un tirano avaro a un alma arrepentida. Su sonrisa regresó, cálida y completa.

​"Elías," dijo ella con dulzura, "la Navidad es para los corazones abiertos. Y un perdón, mi buen hombre, se da de inmediato."

​Clara aceptó la moneda, pero no para ella. La puso de nuevo en la mano de Elías. "Elías, esta noche, su bendición es su arrepentimiento. El auto de carreras será la alegría de mi nieto, y la invitación a Nochebuena será un regalo para mí. La Navidad es una época para compartir una mesa y una historia. Estaremos encantados de acompañarlo."

​Esa Nochebuena, el Taller de Juguetes Elías no se llenó de clientes, sino de luz. Elías, Clara y su pequeño nieto enfermo compartieron una cena sencilla. El niño, feliz con su auto de carreras, hizo que Elías se sentara y jugara con él.

​Por primera vez, Elías no contó sus bienes; contó sus bendiciones. La moneda de oro, la base de la fortuna que nunca gastaría, ahora descansaba en la repisa sobre la chimenea, junto a una pequeña flor de papel, el recordatorio constante de que la verdadera magia de dar no reside en el valor de lo que se entrega, sino en la generosidad desinteresada con la que se abre el corazón. Y ese, pensó Elías, era el regalo más preciado de todos.

 

 

Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.

Obra literaria registrada.

INDAUTOR.

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CARICIA MADRILEÑA.

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