En lo alto de las montañas, envuelto en un manto de nieve
eterna y pinos altos, se encontraba Villa Silencio. El pueblo era pequeño y
hermoso, pero, como su nombre lo indicaba, también era muy tranquilo. Tan
tranquilo, que, en la época de Navidad, parecía que las casas estaban
durmiendo.
En la cabaña más alta de todas vivía la Abuela Aurora. Su
cabello era blanco como la nieve fresca y sus ojos eran tan cálidos como el
fuego en su chimenea. Todos la respetaban, pues ella era la única que recordaba
los días en que el pueblo no era "Silencio", sino "Villa
Canto".
Un día, su nieto, Elías, de diez años, le preguntó:
"Abuela, ¿por qué antes la Navidad era más mágica? Mi papá siempre habla
de la tradición de las luces."
La Abuela Aurora suspiró y abrió una caja de madera
antigua. Dentro había un puñado de pequeñas velas de cera de abeja.
"Hijo," explicó Aurora, "existía la
tradición de la Cadena de la Gratitud. El día de Nochebuena, cada familia
encendía una vela por cada cosa buena que les había pasado. Dejaban las velas
en sus ventanas para que el brillo de su alegría iluminara el camino de los
demás."
"Pero la gente se hizo demasiado ocupada para contar
sus bendiciones. Solo encendieron velas grandes y decorativas. El verdadero
calor desapareció, y el pueblo se convirtió en Villa Silencio."
"La única forma de que la magia regrese," dijo
Aurora, "es devolver la luz que viene del corazón. Necesitamos reiniciar
la Cadena de la Gratitud."
El Primer Brillo: La Oración de
Gratitud.
Antes de empezar, la Abuela Aurora y Elías encendieron la
primera Vela de la Gratitud. Se arrodillaron juntos y dieron gracias a Dios por
el calor de su hogar, por el amor y por la oportunidad de ayudar al pueblo.
Cuando dijeron "Amén", la pequeña vela emitió un suave chasquido de alegría:
la primera chispa había encendido la Cadena.
La Abuela Aurora le entregó a Elías tres objetos para
llevar a las casas más tristes:
Un paquete de semillas de pino (para el Carpintero Marcos).
Una pequeña galleta de jengibre con forma de estrella (para
el Alcalde Ramiro).
Un pañuelo de lana desgastado (para la Maestra Elena).
El Carpintero Marcos y las Semillas de Pino.
Elías fue primero a la casa del Carpintero Marcos, un
hombre que se había ensombrecido desde que su hijo se fue. Elías le entregó el
paquete de semillas de pino.
"Mi abuela dice que una semilla no es solo
madera," explicó Elías. "Es la promesa de un bosque entero. Usted se
queja de que no tiene madera, pero si planta una de estas semillas hoy, tendrá
un árbol en unos años. La madera es el futuro que construyes con
paciencia."
Marcos, que había olvidado su bendición de crear y
construir, apretó las semillas. Se dio cuenta de que aún tenía la capacidad de
sembrar un futuro. Esa noche, en su ventana, brilló una pequeña vela encendida,
agradeciendo por el don de la creación.
La Casa del Alcalde y la Galleta de Jengibre.
Después, Elías visitó al Alcalde Ramiro, agobiado por el
trabajo. Elías le dio la galleta de jengibre con forma de estrella.
"Mi abuela dice que esta galleta es un recordatorio
del tiempo y el cariño que usted ya ha dado al pueblo. Usted se preocupa mucho,
señor Alcalde, pero su mayor bendición es que tiene a todo el pueblo a quien
servir. Eso es un regalo de Dios."
El Alcalde miró la galleta y recordó la dulzura de la
dedicación. Dejó caer los papeles y sonrió sinceramente. Esa noche, una pequeña
y vibrante vela brilló en la ventana de su oficina, agradeciendo por el honor
de servir a su comunidad.
La Maestra Elena y el Pañuelo
Desgastado.
Finalmente, Elías fue a ver a la Maestra Elena, una mujer
que se sentía sola. Le entregó el pañuelo de lana desgastado.
"Mi abuela dice que cada remiendo en este pañuelo es
una lección que usted enseñó y una mano que usted guio. Los remiendos no son
fallas, sino la prueba del amor y el conocimiento que usted ha compartido. Su
bendición es que tiene muchos hijos del corazón en el pueblo."
La Maestra Elena tomó el pañuelo y se dio cuenta de que su
vida estaba llena de propósito. Sus lágrimas se convirtieron en una sonrisa. Esa
noche, su ventana también brilló con una Vela de la Gratitud.
El Regreso de Villa Canto.
Al llegar la Nochebuena, Elías y la Abuela Aurora vieron
las tres luces brillar con calidez. Inspiradas por ellas, otras familias de
Villa Silencio recordaron. Uno por uno, docenas de pequeñas llamas de cera de
abeja aparecieron en las ventanas, formando un hermoso y titilante camino de
luz.
Cuando la cadena se completó, la Abuela Aurora sacó sus
viejas campanas de latón y las hizo sonar.
Y por primera vez en muchos años, el pueblo que había sido
llamado Villa Silencio hizo honor a su antiguo nombre: Villa Canto. La gente
salió a cantar villancicos, no por tradición, sino porque sus corazones, llenos
de gratitud, no podían contener la alegría.
La Navidad había regresado, no con regalos grandes, sino
con el simple, poderoso y cálido brillo de los corazones agradecidos.
Autora : Ma. Gloria Carreón Zapata.
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Imagen de Google.
FIN
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