(Prosa poética)
Francisco de Quevedo nos advierte que la mayor falta de
honestidad reside en la codicia. El dinero, al que llama con ironía
"Poderoso Caballero", es un ídolo de metal que el ser humano fabrica
para ocultar sus propias carencias. La verdadera tragedia no es la existencia
del oro, sino cómo el hombre entrega su juicio y su tiempo, lo único que
realmente posee, a cambio de un brillo que no podrá llevarse al sepulcro. En el
universo de Quevedo, ser honesto es reconocer que, bajo la seda y el doblón,
todos somos iguales ante el polvo.
EL DESENGAÑO DEL ORO,
EL ÍDOLO DE METAL
(Rima Octava real)
A FRANCISCO DE
QUEVEDO.
Nace un metal que el
juicio del humano
adora como a un dios
recién nacido
pone su vida en su
ambiciosa mano
y queda ante su
brillo siempre rendido;
todo este afán de
tesoros es vano
pues el juicio por el
oro se ha perdido.
Pues no hay tesoro,
por más que sea humano,
que libre al alma de
su fin temprano.
Don Dinero camina
soberano,
disfrazando la mancha
del herido,
compra el honor del
pecho más cristiano
y vende al mundo un
sueño ya podrido;
es un señor de
imperio tan tirano
que deja al hombre en
sombras, confundido;
que, aunque el metal
parezca ser eterno,
es solo el puente
hacia el oscuro invierno.
Del Libro El Hilo
Rojo de los Clásicos.
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