sábado, 10 de enero de 2015

BENDITO MILAGRO DE NAVIDAD


El que es fiel en lo muy poco, es fiel también en lo mucho; y el que es injusto en lo muy poco, también es injusto en lo mucho. Lucas 16:10


Sentado sobre una banca de la plaza del Ciudad evocando épocas pasadas, Sebastiano Balverde Urrutia se deleitaba como un niño  viendo las coloridas luces que decoraban la gran avenida, y las figuras navideñas que apagaban y prendían a lo lejos dentro de los establecimientos, una noche antes de la víspera navideña.


Más no dejaba de causarle una gran nostalgia, recordando al amor de toda su vida y la ingratitud de sus hijos. Había trabajado con ahínco desde muy joven para poder ofrecer a su familia un futuro sin privaciones.

Luz Elena su amada esposa había fallecido hacía ya un par de años, y sus tres hijos lo habían enviado al asilo despojándolo de sus pertenencias, justificando que no tenían tiempo para atenderle. Y después de un año se había escapado, por los malos tratos que se les daba en la casa de ancianos, por tal motivo, prefirió vivir en libertad aunque algunas veces ayudando a las personas con las bolsas de comestibles fuera de los supermercados, o se a comedía a limpiar los vidrios de los coches o los coches mismos, recibiendo así algunas monedas a cambio.
Y ahora, dormía en las bancas de la plaza  de la gran orbe o donde lo alcanzaba la noche. sobreviviendo así en una ciudad  atestada de malhechores, de quienes se había ganado el respeto y el cariño, ya que a pesar de su miseria compartía lo poco que tenía con ellos en algunas ocasiones.
Don Sabas, como le decían, no tenia más que un gran cartón, un perro que le seguía fielmente, a quien  cuidaba con afán, y un viejo libro que guardaba celosamente dentro de su abrigo, el cuál sacaba en algunas ocasiones perdiéndose ensimismado en la lectura que leía y releía sin terminarlo, y unas cuantas monedas que las personas altruistas le arrojaban.

A pesar de todo era feliz, sin perder el espíritu navideño se dirigió a lavarse las manos a una de las llaves del parque, regresando nuevamente “a su piltra, como le decía a la banca que le servia de cama”. Sacó el libro que era nada menos que la sagrada biblia el cual abrazó con fuerza ciñendolo a su pecho, al instante de su rostro comenzaron a fluir las lágrimas y un sollozo alcanzó a escucharse bajo el silencio de la noche.
Después se hincó musitando unas palabras al Creador,

--“perdónales Padre, no saben lo que hacen, fue más fuerte su ambición que su amor hacia mi”—

Y en una larga oración daba gracias por la vida y la felicidad por un buen tiempo obtenida.
De pronto sintió unas tibias manos que le tocaban la espalda, al voltear vio a un menesteroso que le ofrecía una sonrisa a la vez que le entregaba una torta, mismo quien le ayudó a levantarse. Limpiándose su rostro con la manga de su roída chamarra y ofreciéndole al indigente su mano, se acomodaron en la banca para compartir el banquete;
--no te lamentes, las cosas pasan porque tienen que pasar,el dinero no lo es todo en la vida--
Le afirmó su compañero de infortunio.

Don Sabas, agradeciéndole el que hubiera compartido la torta con él, misma que devoró con rapidez. Después de dar el último mordisco le contestó pesaroso.
--No amigo, no me lamento, si mi Dios así lo quiso acato su voluntad, lo que si me duele es la actitud de mis hijos, aunque no les guardo ningún rencor, los comprendo—
 Y así, justificando las injusticias cometidas hacia él  por parte de sus hijos, se acomodaron cada uno en su cartón, tapándose con periódicos para lograr cubrirse del frío y la ventisca, relatando las tristes historias de sus vidas  hasta que los venció la fatiga.

Era de noche aún, la brisa de la madrugada despertó a Sabas que tiritando de frío se enderezó acomodándose los periódicos, cuando de pronto frente a él, vio una resplandeciente luz que le cegó los ojos, en el mismo instante que escuchó una voz, sin poder identificar de dónde provenía.
--No temas Sabas, y pon atención a mis palabras—

Sabas, boquiabierto, creyendo que estaba soñando, solo asentía con su cabeza tallándose los ojos.
--Busca en tu libro Sabas, y refúgiate en ellos, los niños te necesitan, ya no estarás más sólo—

De pronto la oscuridad volvió a invadir el ambiente y Sabas sin poder dormir ya, y mucho menos comprender lo que estaba pasando, buscó queriendo despertar a su amigo de ocasión, para sorpresivamente, darse cuenta que ya no estaba, se había ido.
--¿Pero a dónde habrá partido, si aún no amanece?--, se preguntaba Sabas sin obtener respuesta alguna. Apresurado buscó en el bolso de la vieja Chamarra y, grande fue su sorpresa, dentro de su viejo y roído diario, se encontraba un sobre, el cuál se apresuró a abrir.
Corrió hacia la luz que daba el gran poste y al fin pudo ver con dificultad de lo que se trataba.

¡Ahora era el dueño de una gran fortuna!
No podía creerlo, el menesteroso le había heredado una gran fortuna.
--¡Soy millonarioooo!--, gritaba sin dejar de contemplar al cielo, sin dejar de dar gracias a Dios.
sus gritos se confundieron con el trino de los pájaros, sin darse cuenta el alba clareaba dándole la bienvenida al nuevo millonario.
En toda su vida de arduo trabajo hubiera imaginado siquiera juntar todos esos bienes, ni mucho menos esa inmensa cantidad que acababa de leer.

Esperó a que amaneciera y se dirigió a una de las calles de la ciudad con el sobre en sus manos, buscando la dirección del notario, anotado en el mismo. Ya dentro del despacho y ante el señor actuario, quien certificó que efectivamente él, Sebastiano Balverde era el único heredero del millonario pianista Alejandro Charpenteir desaparecido hacía algunos años atrás. Nuevamente no podía dar crédito a lo que escuchaba.

Despidiéndose del escriba, no sin antes agradecer sus atenciones, se dirigió al banco que estaba a unas cuantas calles del lugar para después trasladarse a una de las fabricas de juguetes, y de ahí a una tienda de ropa. Tenía que estar presentable les daría una gran sorpresa, no quería espantar a los niños del orfanato.
-- Esta navidad será inolvidable--, se repetía,
--alegraré los corazones de muchos niños, yo me encargaré que ninguno se quede sin su Noche Buena--
Y con la felicidad reflejada en el rostro se fue perdiendo por las calles de la gran ciudad, seguro de que utilizaría su dinero para ayudar a muchos niños desprotegidos.
Esa sería su tarea de ahora en adelante, compartir su riqueza y dar su cariño a los niños de la calle.




Autora: Ma. Gloria Carreón Zapata.
Mexicana.

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