Hay hombres que llevan la tierra en las manos y el
horizonte en la mirada. Él es de esos: un hombre de campo, curtido por el sol
del norte, que camina con la seguridad de quien conoce cada palmo de su suelo.
Su sombrero no solo lo protege del clima, sino que enmarca un misterio que solo
se revela cuando decide levantarlo.
Pero su verdadera fuerza no está en el lazo ni en la bota,
sino en el abismo de sus ojos verdes. Son dos destellos de monte virgen que
contrastan con su piel bronceada; una mirada limpia, pero profunda, que parece
leer los pensamientos antes de que se conviertan en palabras.
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