Hay verdades que no se ven en el espejo, sino en el eco de
un bosque o en la libertad de un vuelo que ocurre solo por dentro. Ser humano
es, para algunos, apenas una máscara necesaria, una vestimenta de seda que
oculta un latido salvaje, una esencia que no sabe de leyes humanas, sino de
instintos y de lunas.
La justicia, esa balanza que tanto hemos invocado, debería
ser también el derecho a habitar la propia naturaleza sin el peso del juicio
ajeno. ¿Quién tiene el poder de dictar qué es "normal" cuando el
espíritu reclama su herencia animal? El mundo a menudo teme lo que no puede
domesticar, y tacha de extraño aquello que simplemente es libre.
Si un alma se siente lobo, o ave, o viento, no es por el
deseo de escapar, sino por el coraje de encontrarse. Ser uno mismo, a pesar de
las miradas que buscan "el hilo roto" en la cordura del otro, es el
acto de rebeldía más noble. Porque al final, la única verdad que importa es la
que nos hace sentir en casa dentro de nuestro propio pecho, aunque esa casa
tenga el aroma de la tierra húmeda y la inmensidad del cielo.
Imagen de Google.

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