(Prosa Poética)
Hoy mi mente divaga y regresa al terruño, ese escenario de
luz donde la infancia fue un reino compartido. Nunca supimos de la soledad;
nuestras manos, siempre entrelazadas, correteaban bajo la sombra de los
vetustos nogales, que con generosidad antigua nos entregaban el tesoro de su
nuez.
En aquel tiempo, la
palabra pobreza no existía en nuestro vocabulario, pues poseíamos la riqueza
más vasta que el hombre puede ambicionar: la fortaleza del amor.
Fuimos esculpidos por padres que, con la sabiduría del ejemplo,
sembraron en nosotros la semilla de los principios. Nos enseñaron que la
familia no es solo un lazo de sangre, sino un refugio sagrado, el tesoro más
preciado sobre la faz de la tierra.
Y hoy, cuando el calendario ha sumado inviernos a nuestra
piel, aquellos niños de antaño nos hemos vuelto a encontrar. El tiempo ha
pasado, pero el cariño permanece intacto, como un diamante que resiste el roce
de los años. Algunos de mis primos, inmersos en sus labores, no pudieron
sumarse a mis juegos de entonces, pero su afecto jamás mermó; otros, en cambio,
fueron mis cómplices de carrera en aquella villa que aún guarda el eco de
nuestras risas infantiles, fundidas con el murmullo eterno del Río Escondido.
Somos ya personas adultas, curtidas por la vida, pero en el
epicentro del corazón llevamos grabado, con tinta de honor, el valor de nuestra
unión. Hoy, ese amor familiar que a veces parece dormir, despierta con un grito
de júbilo: ¡Eureka!. Celebremos el reencuentro, pues al volver a mirarnos a los
ojos, comprendemos que seguimos siendo los mismos niños, protegidos para
siempre por el legado de nuestros mayores.

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