domingo, 22 de febrero de 2026

EL ECO DEL RÍO ESCONDIDO

 



(Prosa Poética)



​Hoy mi mente divaga y regresa al terruño, ese escenario de luz donde la infancia fue un reino compartido. Nunca supimos de la soledad; nuestras manos, siempre entrelazadas, correteaban bajo la sombra de los vetustos nogales, que con generosidad antigua nos entregaban el tesoro de su nuez.

 En aquel tiempo, la palabra pobreza no existía en nuestro vocabulario, pues poseíamos la riqueza más vasta que el hombre puede ambicionar: la fortaleza del amor.

​Fuimos esculpidos por padres que, con la sabiduría del ejemplo, sembraron en nosotros la semilla de los principios. Nos enseñaron que la familia no es solo un lazo de sangre, sino un refugio sagrado, el tesoro más preciado sobre la faz de la tierra.

​Y hoy, cuando el calendario ha sumado inviernos a nuestra piel, aquellos niños de antaño nos hemos vuelto a encontrar. El tiempo ha pasado, pero el cariño permanece intacto, como un diamante que resiste el roce de los años. Algunos de mis primos, inmersos en sus labores, no pudieron sumarse a mis juegos de entonces, pero su afecto jamás mermó; otros, en cambio, fueron mis cómplices de carrera en aquella villa que aún guarda el eco de nuestras risas infantiles, fundidas con el murmullo eterno del Río Escondido.

​Somos ya personas adultas, curtidas por la vida, pero en el epicentro del corazón llevamos grabado, con tinta de honor, el valor de nuestra unión. Hoy, ese amor familiar que a veces parece dormir, despierta con un grito de júbilo: ¡Eureka!. Celebremos el reencuentro, pues al volver a mirarnos a los ojos, comprendemos que seguimos siendo los mismos niños, protegidos para siempre por el legado de nuestros mayores.

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