Se mueren de sed frente al río, pero se niegan a bajar la
cabeza para beber. Él la mira desde la distancia de sus silencios, lanzando al
aire migajas de nostalgia, indirectas que son como botellas lanzadas al mar sin
mensaje dentro. Sufre, sí, pero su sufrimiento es una medalla de barro que se
cuelga en el pecho para no tener que decir: "fui yo quien rompió el
hilo".
Es el machismo disfrazado de dignidad, esa cobardía que
prefiere el luto eterno de una ausencia antes que el "bendito riesgo"
de una explicación. Creen que buscarla es doblar la rodilla, cuando en realidad
es la única forma de ponerse en pie. Prefieren habitar un invierno de cenizas,
enviando señales de humo que nadie ha pedido, esperando que sea ella quien descifre
el jeroglífico de su amargura.
Pero ella ya no lee entre líneas. Ella ha aprendido que el
amor que no se nombra, no existe; y que el arrepentimiento que no camina hacia
la puerta, no merece entrada. No hay por qué ceder cuando la falta fue de él y
el silencio es su única respuesta. Que se quede en su altar de orgullo,
reinando sobre un reino vacío, mientras ella camina bajo un sol que no necesita
de sus sombras.
Porque un hombre que prefiere perder el amor por no perder
el juicio, termina por no tener ninguna de las dos cosas.
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