Este ensayo explora la transición del fuego del
enamoramiento a la solidez del amor, utilizando la "cabaña" como el
símbolo supremo de esa victoria silenciosa que he venido construyendo en la
narrativa.
El enamoramiento es, por naturaleza, una intemperie deslumbrante.
Es como caminar bajo una tormenta de luz: los sentidos se aturden, el juicio se
nubla y el corazón late al ritmo de una urgencia que no conoce el descanso. En
esa etapa, no habitamos una estructura, sino un espejismo; creemos que la
intensidad es sinónimo de eternidad, cuando en realidad es solo el combustible
que arde rápido para encender la chispa.
Sin embargo, el amor verdadero no es el incendio, sino el
hogar que se construye con las cenizas de esa primera fogata. Aquí es donde
aparece la cabaña.
A diferencia del enamoramiento, que se eleva sobre
castillos en el aire, la cabaña del amor se asienta sobre la tierra firme de la
aceptación. Construir una cabaña requiere voluntad: hay que elegir la madera,
pulir las asperezas y asegurar las vigas. No es un accidente del destino; es
una arquitectura de la intención. En ella, ya no buscamos la perfección
idealizada de "el otro", sino la paz de lo auténtico.
Es el lugar donde, tras haber superado conflictos y dejado
atrás las figuras de sombra —como esos "Julianes" que ya no tienen
poder sobre nuestro presente—, finalmente descansamos.
Habitar la cabaña es entender que la mayor victoria no es
la que se proclama con gritos de pasión, sino la victoria silenciosa. Es el
triunfo de la calma sobre el caos. En este espacio, el amor se manifiesta en el
silencio compartido, en el respeto por el espacio del otro y en la profunda
satisfacción de hacer feliz a quien amamos, entendiendo que su alegría es el
espejo de la nuestra.
"El amor no es el deseo de poseer el horizonte, sino
la decisión de cuidar el jardín que rodea nuestra puerta."
Si el enamoramiento es un prólogo lleno de promesas, el
amor es el capítulo central de nuestra historia, ese "Libro Abierto"
que se lee a la luz de la chimenea. La cabaña representa ese estado de gracia
donde ya no hay nada que demostrar, solo mucho que compartir. Es el refugio
donde el alma, finalmente, se quita la armadura y se reconoce en el otro, no
por lo que imagina que es, sino por la paz que le brinda ser quien realmente
es.
Imagen de Google

No hay comentarios:
Publicar un comentario