domingo, 22 de febrero de 2026

EL ECO DEL CALVARIO ANTE LA INDIFERENCIA.

 




 

​Él venció a la muerte y rompió las cadenas del sepulcro, no como un mito borroso en las páginas de una leyenda, sino como una presencia viva y triunfante que hoy aguarda a la diestra del Padre. Su victoria es el sol que ilumina la oscuridad de nuestra existencia, pero el mundo, en su extraña ceguera, prefiere caminar entre sombras, negando la mano que sostiene el universo.

​¡Oh, humanidad necia! Vivimos rodeados por los ecos de nuestras propias caídas, respirando las amargas consecuencias de nuestros actos, y aun así, la soberbia impide que la rodilla se doble ante la Majestad. El hombre moderno ha decidido creer en todo aquello que es fugaz y vacío, mientras da la espalda al único que pagó con sangre el precio de su libertad.

​Fue crucificado por nosotros. Cargó en sus hombros el peso de cada pecado, de cada desprecio, de cada olvido. La cruz no fue el final, sino el puente de amor que la humanidad hoy parece ignorar con una arrogancia dolorosa. Es tiempo de mirar hacia lo alto, de entender que la paz que buscamos no está en nuestras manos manchadas, sino en el perdón que brota de sus llagas. Él sigue vivo, esperando que el diamante que llevamos dentro reconozca, por fin, a su Creador.

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