Él venció a la muerte y rompió las cadenas del sepulcro, no
como un mito borroso en las páginas de una leyenda, sino como una presencia
viva y triunfante que hoy aguarda a la diestra del Padre. Su victoria es el sol
que ilumina la oscuridad de nuestra existencia, pero el mundo, en su extraña
ceguera, prefiere caminar entre sombras, negando la mano que sostiene el
universo.
¡Oh, humanidad necia! Vivimos rodeados por los ecos de
nuestras propias caídas, respirando las amargas consecuencias de nuestros actos,
y aun así, la soberbia impide que la rodilla se doble ante la Majestad. El
hombre moderno ha decidido creer en todo aquello que es fugaz y vacío, mientras
da la espalda al único que pagó con sangre el precio de su libertad.
Fue crucificado por nosotros. Cargó en sus hombros el peso
de cada pecado, de cada desprecio, de cada olvido. La cruz no fue el final,
sino el puente de amor que la humanidad hoy parece ignorar con una arrogancia
dolorosa. Es tiempo de mirar hacia lo alto, de entender que la paz que buscamos
no está en nuestras manos manchadas, sino en el perdón que brota de sus llagas.
Él sigue vivo, esperando que el diamante que llevamos dentro reconozca, por
fin, a su Creador.

No hay comentarios:
Publicar un comentario