Salí al pequeño patio trasero buscando un respiro. Mis ojos
estaban agotados de tanto repasar "Fin de Temporada 2017", esa
narrativa que comencé hace años y que el tiempo, siempre tirano, no me ha
dejado concluir. Necesitaba que la vista descansara en algo vivo, así que me
detuve frente a mi nochebuena. Disfruto ver cómo sus flores crecen con una
paciencia que a veces me falta.
De pronto, un fuego súbito me quemó la palma de la mano.
Al buscar el origen de ese ardor, encontré a una pequeña
abeja debatiéndose entre la vida y la muerte sobre la tierra. No pude evitar
una punzada de tristeza; recordé de inmediato la advertencia que se le atribuye
a Einstein: sin ellas, el equilibrio de nuestra supervivencia se desmoronaría.
Sin su danza de polinización, el 60% de lo que nos alimenta simplemente
desaparecería.
Al revisarme, encontré el aguijón clavado y lo retiré al
instante. Han pasado horas y el veneno sigue haciendo su trabajo: la mano está
roja, inflamada y el dolor es un latido constante.
Lamento profundamente que la abeja haya fenecido. No hubo
intención de dañarla, pero ella eligió defenderse de una amenaza que solo
existía en su instinto. Me doy cuenta de que hay eventos en la vida que, por
más que intentemos fluir en paz, son inevitables. Doy gracias a Dios por no ser
alérgica; de lo contrario, esta reflexión no habría llegado al papel.

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