Literatura Infantil - Juvenil.
A Raúl le llamaban "Pelos Rebeldes" en la
escuela, y con mucha razón. En su cabeza no había peinado posible: llevaba un
gallo por aquí, un nido de pájaro por allá y un mechón apuntando al cielo como
si buscara señal de wifi. Pero a Raúl no le importaba. Tampoco le gustaba
peinarse, ni abrir un libro, ni agarrar un lápiz, y mucho menos escuchar la
campana de la escuela.
Un martes, prefiriendo perseguir mariposas antes que ir a
clase de Lengua, Raúl se adentró en el bosque. Entre las hojas de un roble
gigantesco, escuchó un chillido chillón:
—¡Ay, ay, ay! ¡Mi gorro se quedó atascado!
Raúl miró hacia abajo y vio a un duendecillo de barba verde
atrapado bajo una rama. Con cuidado, el niño levantó el palo y liberó al
pequeño ser.
—¡Gracias, muchacho! —, dijo el duende sacudiéndose el
chaleco—. Los duendes del bosque siempre pagamos nuestras deudas. Toma esto.
El duende le entregó un peinecito de madera dorada que
brillaba como si tuviera luciérnagas por dentro.
—Es un peine mágico —, susurró el duende guiñando un ojo—.
Pero cuidado: solo funciona si dices las palabras correctas.
Raúl, entusiasmado, corrió a su casa, se miró al espejo y
se pasó el peine por la cabeza mientras decía:
—¡Peine, peineta, déjame la cabeza recta!
Al instante, ¡ZAP! Sus cabellos cobraron vida propia. Pero
en lugar de peinarse, sus pelos comenzaron a enredarse formando letras. Primero
apareció una A gigante arriba de la oreja, luego una B en la nuca y una C justo
en la frente.
—¡Oye, despeínate! —, gritó Raúl asustado.
El peine brilló más fuerte y una vocecita salió de las púas
de madera:
—Para despeinar el enredo y lucir un buen peinado, debes
leer la lección que en tu cabeza se ha formado.
Raúl no tuvo más remedio que buscar su cuaderno escolar. Como
nunca leía, le costó un poco, pero juntó las letras:
— La... A... con la... B... ¡AB!
En cuanto leyó la
primera palabra en voz alta, ¡ZUZ!, el mechón de la frente se asentó
perfectamente.
Divertido y curioso, Raúl abrió su libro de cuentos para
buscar más palabras. Cada vez que leía una página entera, el peine daba un
brinco mágico y le dejaba un peinado elegante, suave y oliendo a manzanas. Pero
si pasaba un día sin leer o sin ir a la escuela... ¡sus pelos volvían a
convertirse en un matorral lleno de consonantes y vocales despeinadas!
A la mañana siguiente, Raúl llegó a la escuela temprano,
con el cuaderno bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja. La maestra, al
verlo tan bien peinado y atento en primera fila, casi se cae de la silla de la
sorpresa.
—¡Pero Raúl! —, exclamó la maestra—. ¡Qué limpio y peinado
vienes hoy! ¿Qué ha cambiado?
Raúl sonrió tocándose el bolsillo donde guardaba su peine
dorado y respondió:
—Es que me di cuenta de que cuando leo y aprendo, ¡hasta la
cabeza se me aclara!
Desde aquel día, Raúl no solo fue el niño con el peinado
más brillante del colegio, sino también el explorador de historias más curioso
de todos.
La bella enseñanza para los niños:
Aprender, leer y cuidar de uno mismo no tiene por qué ser
aburrido; al contrario, es la verdadera magia que nos despeja la mente y nos
abre las puertas a mundos fantásticos.