Literatura Infantil - Juvenil.
Había una vez, en el pacífico y ordenado Reino del
Abecedario, un cuaderno azul donde las letras vivían en perfecta armonía. Cada
mañana, las vocales salían a trabajar para ayudar a formar palabras: la A abría
la boca en la palabra agua, la E estiraba los brazos en estrella, la I se ponía
su sombrerito para isla, la O rodaba feliz en oso, y la U saltaba en universo.
Pero un martes por la tarde, las vocales se cansaron.
—¡Siempre hacemos el trabajo más pesado! —, protestó la A,
cruzándose de brazos—. Si no estamos nosotras, las consonantes no pueden decir
nada. ¿Por qué no nos tomamos unas vacaciones?
—¡Tiene razón! —, exclamó la E con las manos en la
cintura—. ¡Estoy harta de trabajar en la palabra escuela! Quiero irme a jugar.
La I, que era la más pequeña pero la más inquieta, dio un
salto:
—¡Nos declaramos en huelga! ¡Las vocales rebeldes al poder!
La O rodó hasta la puerta del cuaderno y la U la siguió
haciendo piruetas. Sin pensarlo dos veces, las cinco vocales escaparon del
cuaderno azul y se escondieron en el cajón de los juguetes.
Al principio, la aventura fue divertidísima. Se tiraron por
el tobogán de bloques de madera, nadaron en una piscina de plastilina y jugaron
a las escondidas detrás de un oso de peluche.
Pero en el Reino del Abecedario, el caos comenzó de
inmediato.
Las consonantes intentaron seguir escribiendo el cuento de
la tarde, pero las cosas salieron completamente mal. La palabra PAPANATAS se
convirtió en PPNTS, que sonaba como un estornudo. El PERRO terminó siendo PRR, y
parecía un motor viejo intentando arrancar. Cuando alguien quiso escribir SOL,
solo quedó la SL, ¡y nadie sabía si hablaban del sol, de una sal o de una
silla!
Los niños en el salón de clases abrieron sus cuadernos y no
entendían nada. "¿Qué le pasó a la historia?", preguntaban
extrañados.
En el cajón de los juguetes, las vocales escucharon el
alboroto. A través de una rendijita, vieron a la P, a la L y a la M llorando
porque no podían cantar sus canciones sin ellas. La S intentaba consolar a la
T, pero sin la E o la O, solo lograban hacer "¡Ssss! ¡Tttt!".
La A miró a las demás y suspiró.
—Amigas... creo que el cuento nos necesita. Somos
importantes, pero no para trabajar solas, sino para hacer magia juntas con las
demás letras.
—Es verdad —, dijo la E—. Extraño formar la palabra helado.
—Y yo extraño el puntito de mi sombrero —, añadió la I.
—¡Y a mí me hace falta rodar en la palabra amor! —, exclamó
la O.
La U les dio un abrazo a todas y dijo:
—¡Regresemos! Pero con una condición: ¡pediremos que el
viernes sea día de descanso para jugar con la plastilina!
Las cinco vocales rebeldes salieron del cajón marchando en
fila india: A, E, I, O, U. Volaron de regreso a las páginas del cuaderno azul
y, en cuanto tocaron el papel, las palabras cobraron vida de nuevo. Las
consonantes festejaron con un aplauso gigante, y el aire se llenó de risas,
cantos y cuentos coloridos.
Desde aquel día, las vocales siguen siendo las reinas de la
música y las palabras, pero cada viernes por la tarde, el cuaderno se cierra un
poquito más temprano para que todas las letras, juntas, jueguen a las
escondidas.

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