En memoria del famoso cronopio en su aniversario.
Imitando deliberadamente el estilo de Julio Cortázar.
El texto toma como modelo directo la estructura y el tono de
sus "Historias de cronopios y de famas" (especialmente la sección de
Instrucciones), así como la atmósfera de "Rayuela".
Desordene la mesa. Deje que la tinta fluya sin el rigor de la métrica estricta, pues hay días en que la poesía necesita quitarse el corsé y caminar descalza. Sirva una taza de café amargo y permítale enfriarse un poco mientras escucha el rasguño del vinilo. El jazz no se escucha, se habita. Es un puente colgante sobre el abismo del lenguaje convencional.
Imagine que en el rincón más insospechado de la estancia,
allí donde la sombra del librero dobla la esquina, un hombre muy alto, de
mirada felina y voz pausada, enciende un cigarrillo invisible.
No le pregunte por las fechas ni por los anaqueles del
tiempo. Pregúntele cómo se escucha el silencio de París cuando la lluvia golpea
las buhardillas, o cómo se descifra la mirada absorta de los axolotles al otro
lado del cristal. Él no responderá con datos ni biografías. Se limitará a
señalar el espacio que hay entre dos palabras, esa hendidura por donde la
realidad se agrieta y deja ver el revés de la trama.
En ese instante de penumbra compartida, el aire olerá a
humo viejo, a papel antiguo y a la cadencia libre de un solo de trompeta que
jamás termina de sonar.
En esa penumbra, donde la silueta del cronopio parece
disolverse en el humo de su propio enigma, descubrirá que la pluma en su mano
pesa distinto. Ya no es una herramienta para nombrar lo evidente, sino una
llave que fuerza las cerraduras del sentido.
Él se acodará en la mesa, mirará el trazo de su tinta y
dirá sin hablar,
—Escriba. Pero no busque la certeza.
La poesía es siempre esa otra orilla que se alcanza saltando
a ciegas.
Entonces, la página dejará de ser un papel en blanco para
convertirse en el mapa de una ciudad que solo existe mientras se la nombra, un
París de puentes invisibles, una calle cualquiera iluminada por un farol que
parpadea en jazz, o el eco de una voz querida que regresa desde la memoria.
Escriba, pues, el último verso. Pero no lo marque con la
pesadez de un punto final que se pierde en la noche como "el humo de un
saxo alto improvisando en la penumbra".
Al soltar la pluma, no firme con su nombre ni reclame la
autoría del instante. Sonría despacio, mire el espacio entre las sombras y
entienda que el verdadero homenaje jamás se escribe sobre el mármol frío de los
monumentos, sino en el territorio secreto, libre e inagotable del juego y la
memoria.

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