Bajo el cielo de Owatonna,
donde el tiempo se detiene,
se viste el monte de fuego
y el aire a nostalgia huele.
Cual alfombra de hojarasca
de ocre y rojo que me acoge,
escucho el crujir sereno
que entre mis pasos responde.
Corretea la ardilla libre
con la bellota en la mano,
mientras la brisa despierta
los murmullos del paisaje.
En el lienzo de los parques
mi pluma vuelve a su nido,
para inmortalizar siempre
el milagro que he vivido.
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