Literatura Infantil - Juvenil.
Había una vez un burrito muy curioso llamado Bartolo que
vivía en un verde prado. Un día, mientras ramoneaba entre la hierba, encontró
una misteriosa letra R hecha de regaliz dulce. Sin pensarlo dos veces...
¡chomp! Se la tragó de un bocado.
Al principio todo parecía normal, hasta que intentó
saludara su amiga la rana:
—¡Hola, ana! —, dijo Bartolo feliz.
La rana se le quedó mirando, intrigada:
—¿Ana? ¡Si yo me llamo Rana!
Bartolo intentó disculparse, pero cuando quiso decir
"lo siento, tengo mucha rabia de no hablar bien" , le salió:
—Lo siento, tengo mucha abia...
¡Qué enredo! Cada vez que Bartolo intentaba pronunciar
palabras con R, la letra simplemente había desaparecido de su voz. No podía
decir rosa, ni río, ni ratón, ni mucho menos cantar el rrr-rrr de su rebuzno.
¡Solo le salían vocales y letras despeinadas!
Preocupado, fue a ver al sabio búho de la montaña.
—Búho sabio —, le dijo haciendo un gran esfuerzo—, me comí
una et-a y ahora no puedo ebuzna-.
El búho, sofocando una risita, le recitó un remedio en
forma de trabalenguas:
"Si la R quieres recuperar,
un vaso de agua tibia debes tomar,
y tres veces la lengua hacer vibrar:
¡R-r-r, r-r-r, r-r-r!"
Bartolo corrió al arroyo, bebió un sorbo de agua fresca,
tomó mucho aire y... ¡brrr-r-r-r!
Hizo vibrar su lengua tan fuerte que la R salió volando de
su garganta como un pequeño cohete de caramelo, aterrizando con un suave brinco
sobre una flor.
—¡Rana! ¡Rosa! ¡Río! —, gritó Bartolo, dando brincos de
alegría—. ¡Ya puedo decir la R otra vez!
Y desde aquel día, el burrito Bartolo aprendió que las
letras son para pronunciarlas y cantarlas, ¡pero nunca jamás para almuerzo!

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