Había una vez un niño llamado Lucas a quien nada le pesaba
más en el mundo que levantarse temprano para ir a la escuela. Prefería quedarse
persiguiendo mariposas en el patio, contando hormigas o simplemente mirando el
techo inventando excusas para no cruzarse con los libros.
—¡Lucas, se te hace tarde! —, le gritaba su mamá desde la
cocina.
—¡Ay, mamá, es que hoy me duele la pestaña izquierda! —,
respondía él, acurrucándose más bajo la cobija.
Cada mañana era la misma historia. Lucas decía que la
escuela era aburrida, que las letras bailaban para confundirlo y que los
números solo servían para darle dolor de cabeza. Pero lo que no sabía era que
en el pueblo rondaba un viejo duende sabio que cuidaba el afán de aprender de
los niños.
Una mañana, cansado de tanto pataleo, Lucas se negó
rotundamente a salir de su cuarto.
—¡No iré y no iré! ¡Prefiero no saber nada y vivir como un
burrito en el campo! —, exclamó con rabia.
Apenas pronunció la última palabra, un cosquilleo extraño
le comenzó en la parte superior de la cabeza. Sentía como si dos ramitas le
estuvieran creciendo a los lados. Se llevó las manos a la cabeza y sintió un
par de orejas suaves, largas y peludas que se estiraban hacia el cielo.
¡Le habían crecido dos enormes orejas de burro!
Asustado, corrió al espejo. Las orejas eran tan grandes que
se le caían hacia adelante y le tapaban los ojos.
—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira lo que me pasó! —, chilló
escondiéndose tras la cortina.
Su mamá, al verlo, no supo si reír o llorar, pero
suavemente le dijo:
—Lucas, las orejas crecen cuando la cabeza se niega a
escuchar la sabiduría. Si no quieres llenar tu mente de ideas, tu cuerpo
buscará espacio para la necedad.
Lucas lloró amargamente. Pensó en cómo se vería pastando en
el cerro, sin poder leer las historias de aventuras que tanto le gustaba que le
contaran, ni aprender a construir los barcos de madera que siempre soñaba
hacer. Se dio cuenta de que no ir a la escuela no lo hacía libre; solo lo
volvía torpe y temeroso del mundo.
Con mucha vergüenza, se puso un gorro enorme que apenas
lograba tapar semejantes orejas y, por primera vez en su vida, corrió hacia la
escuela antes de que sonara el timbre.
Al entrar al salón, se sentó en primera fila. Escuchó con
atención cada palabra de la maestra, resolvió las sumas en el pizarrón y leyó
en voz alta un cuento de piratas. A medida que aprendía una palabra nueva,
sentía que las orejas le picaban un poquito.
Al terminar el día, cuando comprendió por fin cómo se
sumaban las fracciones, escuchó un suave ¡pop! a cada lado de su cabeza. Se
tocó con cuidado, las orejas de burro habían desaparecido por completo y en su
lugar estaban de nuevo sus pequeñas orejas humanas.
Desde aquel día, Lucas entendió que la escuela no era un
castigo, sino la puerta para dejar de ser un burro y convertirse en lo que él
quisiera ser. Y aunque a veces le daba un poco de pereza madrugar, le bastaba
con tocarse las orejas para recordar el valor de aprender.

No hay comentarios:
Publicar un comentario