domingo, 6 de septiembre de 2026

EL NIÑO QUE AMANECIÓ CON OREJAS DE BURRO.

 






​Había una vez un niño llamado Lucas a quien nada le pesaba más en el mundo que levantarse temprano para ir a la escuela. Prefería quedarse persiguiendo mariposas en el patio, contando hormigas o simplemente mirando el techo inventando excusas para no cruzarse con los libros.

​—¡Lucas, se te hace tarde! —, le gritaba su mamá desde la cocina.

​—¡Ay, mamá, es que hoy me duele la pestaña izquierda! —, respondía él, acurrucándose más bajo la cobija.

​Cada mañana era la misma historia. Lucas decía que la escuela era aburrida, que las letras bailaban para confundirlo y que los números solo servían para darle dolor de cabeza. Pero lo que no sabía era que en el pueblo rondaba un viejo duende sabio que cuidaba el afán de aprender de los niños.

​Una mañana, cansado de tanto pataleo, Lucas se negó rotundamente a salir de su cuarto.

​—¡No iré y no iré! ¡Prefiero no saber nada y vivir como un burrito en el campo! —, exclamó con rabia.

​Apenas pronunció la última palabra, un cosquilleo extraño le comenzó en la parte superior de la cabeza. Sentía como si dos ramitas le estuvieran creciendo a los lados. Se llevó las manos a la cabeza y sintió un par de orejas suaves, largas y peludas que se estiraban hacia el cielo.

​¡Le habían crecido dos enormes orejas de burro!

​Asustado, corrió al espejo. Las orejas eran tan grandes que se le caían hacia adelante y le tapaban los ojos.

​—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira lo que me pasó! —, chilló escondiéndose tras la cortina.

​Su mamá, al verlo, no supo si reír o llorar, pero suavemente le dijo:

​—Lucas, las orejas crecen cuando la cabeza se niega a escuchar la sabiduría. Si no quieres llenar tu mente de ideas, tu cuerpo buscará espacio para la necedad.

​Lucas lloró amargamente. Pensó en cómo se vería pastando en el cerro, sin poder leer las historias de aventuras que tanto le gustaba que le contaran, ni aprender a construir los barcos de madera que siempre soñaba hacer. Se dio cuenta de que no ir a la escuela no lo hacía libre; solo lo volvía torpe y temeroso del mundo.

​Con mucha vergüenza, se puso un gorro enorme que apenas lograba tapar semejantes orejas y, por primera vez en su vida, corrió hacia la escuela antes de que sonara el timbre.

​Al entrar al salón, se sentó en primera fila. Escuchó con atención cada palabra de la maestra, resolvió las sumas en el pizarrón y leyó en voz alta un cuento de piratas. A medida que aprendía una palabra nueva, sentía que las orejas le picaban un poquito.

​Al terminar el día, cuando comprendió por fin cómo se sumaban las fracciones, escuchó un suave ¡pop! a cada lado de su cabeza. Se tocó con cuidado, las orejas de burro habían desaparecido por completo y en su lugar estaban de nuevo sus pequeñas orejas humanas.

​Desde aquel día, Lucas entendió que la escuela no era un castigo, sino la puerta para dejar de ser un burro y convertirse en lo que él quisiera ser. Y aunque a veces le daba un poco de pereza madrugar, le bastaba con tocarse las orejas para recordar el valor de aprender.

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