Llegaste como el fuego en la hierba seca,
sin hacer ruido, calculando el viento,
midiendo la grieta en el muro viejo
donde el tiempo había dejado una sombra.
No te bastó mirar desde la orilla;
necesitabas la corriente entera,
beber del pozo que no te pertenecía
y nombrar como tuyo el cauce ajeno.
Sitiaste la casa con seda y espinas,
acechando el descuido, la rendija,
hasta que el roble cedió a la hiedra
y se olvidó de la raíz que lo sostuvo años.
No importa cuánta tierra reclames ahora
ni que ostentes la presa conquistada,
quien edifica su palacio entre cenizas
siempre termina respirando humo.

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