domingo, 6 de septiembre de 2026

LA ANTORCHA SILENCIOSA.

 






La tarde caía despacio sobre el patio, tiñendo las paredes de un tono dorado y tibio. Sobre la mesa de madera, desgastada por los años y el uso, descansaba una taza de té cuyo humo subía en espirales pausadas, como si tampoco tuviera prisa por marcharse.

​Frente a frente, dos miradas sostenían el silencio. Una, marcada por la curiosidad inagotable de quien apenas comienza a descifrar los senderos del mundo; la otra, tranquila y profunda, con la serenidad de quien ya ha recorrido las tormentas y conoce la paz de los puertos seguros.

​—¿Cómo se sabe cuál es el camino correcto? —, preguntó la voz joven, rompiendo la calma con la gravedad que solo tienen las dudas de la juventud.

​La respuesta no vino de inmediato. Unos dedos de trazo firme repasaron el borde gastado del mantel antes de señalar el jardín, donde una enredadera abrazaba con tenacidad el muro de piedra.

​—El camino no se adivina, se construye —, respondió la voz sabia, con un tono suave pero categórico—. Y casi nunca es recto. Lo importante no es evitar las piedras, sino aprender a no perder la dignidad cuando te tropiezas con ellas.

​La conversación fluyó sin prisa, entretejiendo anécdotas antiguas, nombres de personas que ya solo habitaban en el recuerdo y lecciones aprendidas a fuerza de temple. No había en aquellas palabras intención de dar un sermón, sino el deseo simple de regalar una brújula. Se habló de la importancia de mantener la palabra dada, del valor de la lectura como refugio inexpugnable, y de cómo la verdadera fuerza jamás reside en la dureza, sino en la capacidad de tender la mano a los demás.

​El joven escuchaba en silencio, tomando notas invisibles en la memoria. Al mirar las manos que tenía enfrente, manos que habían trabajado, escrito y sostenido a otros durante décadas, entendió que lo que estaba recibiendo en esa tarde no eran solo historias. Era una antorcha.

​Cuando la luz del sol finalmente se retiró para dar paso a las primeras estrellas, el aire se sintió más ligero. No hizo falta agregar nada más. El legado no se había entregado en un cofre cerrado ni escrito en un documento formal; había pasado de un corazón a otro, como una semilla silenciosa que tarde o temprano terminaría por florecer.


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