Jorge recibió una llamada
inesperada esa mañana nublada y casi primaveral. Al colgar, cruzó apresurado
hacia la recámara y volvió a la cocina, donde yo preparaba el desayuno. Bebió
apenas unos tragos del humeante café colombiano que nos enviaba un amigo y,
mientras se ajustaba el saco, me notificó que debía salir de inmediato.
Me quedé pasmada. Ni siquiera
tuvo tiempo de explicarme a dónde se dirigía. Tal vez un llamado urgente, me
dije para tranquilizarme al notar su inquietud.
—Si no regreso a tiempo, comes
sola, bebecita —, susurró. Me plantó un beso rápido, un leve roce en los
labios, cuando yo lo que deseaba era beberme su alma y quedarme prendida de él
para siempre.
Tomó el portafolios y se dirigió
a la salida de nuestro nidito de amor. Lo acompañé hasta la puerta para
acomodarle el cuello de la camisa verde jade que resaltaba sus ojos
aceitunados; parecía el protagonista de una de sus telenovelas. Le ajusté la
corbata, torcida por las prisas, mientras deseaba fusionarme a su cuerpo. Lo
miré desde el umbral hasta que su coche se perdió en el denso tráfico de la
ciudad.
Una hora después llamó: tenía
grabación fuera de la ciudad y estaban retrasados. Debía prepararle la maleta;
el chofer pasaría al día siguiente por ella y por mí para reunirnos allá. La
alegría me desbordó. Pensar en Villas del Carbón era imaginar el paraíso: la
montaña verde, el trino de las aves y ese murmullo del silencio que te da la
bienvenida. Sobre todo, anhelaba probar de nuevo la miel de maguey, ese sabor
que conservaba en el paladar desde mi infancia en Cerros Blancos, el rancho
donde nací.
Sin perder un minuto, preparé
nuestras maletas. De pronto, sentí a Jarig, nuestra cachorra, retozando contra
mi pantorrilla. Fue entonces cuando caí en la cuenta: no la había llevado al
peluquero ni la había bañado. Me desplomé en el sofá, desconsolada. No podía
llevarla así, menos viajando con otros compañeros del elenco en el mismo auto.
Esa noche no pude dormir. Estaba
tan acostumbrada a descansar mi barbilla sobre la de Jorge y dormir plácidamente
en sus brazos que la cama se sentía inmensa. Al amanecer, unos toques en la
puerta interrumpieron mi duermevela. Era el chofer.
—Buen día, señora. ¿Es la casa
del director? Él me envía por usted.
Asentí, pero con el corazón
encogido por mi descuido, tuve que mentir:
—Dígale al señor que me siento
indispuesta y me es imposible viajar. Pero aquí tiene su maleta, entréguesela,
por favor.
Vi al hombre marcharse y miré a
Jarig con un reproche que pronto se volvió culpa. Ella no entendía nada; la única
responsable por dejarlo todo para después era yo. La abracé pidiéndole perdón
mientras ella me miraba con esos ojillos que parecían dos platos escondidos
entre el pelaje.
Pasaron los días en una espera
agónica. La casa se sentía gélida. Cuando el teléfono sonó, la voz de Jorge
llegó cargada de melancolía:
—¿Por qué no viniste, bebecita?
Te esperaba ansioso; interrumpí el trabajo al ver llegar el coche y corrí a tu
encuentro, pero al ver que no bajabas, me invadió la tristeza.
Éramos dos almas gemelas que no
sabían vivir separadas. No tuve el valor de confesarle que no había bañado a la
perra por distraerme todo el día en Facebook. Esos días, ni siquiera leía; me
quedaba ausente, contando los segundos, preguntándome si él me extrañaba con la
misma intensidad o si la distancia le ayudaba a olvidarme. Para mitigar el
calvario, caminaba con Jarig por los lugares que solíamos recorrer juntos,
imaginando que él iba a mi lado murmurándome palabras románticas.
Finalmente, llegó el día del
regreso.
—¡Anastasia, mi amor! Estaremos
allá a las tres de la madrugada —, anunció emocionado por teléfono.
—¡Al fin dormiré en tus brazos!
—, respondí con la dicha de una adolescente—. Te amo, y te juro que para la
próxima bañaré a Ja...
Callé de golpe, pero ya me había
delatado. Jorge soltó una carcajada:
—¡Lo sabía! Por andar
socializando en las redes olvidaste la estética de Jarig.
A esas alturas, ya no importaba.
Me arreglé, me puse el negligé índigo que tanto le gustaba y esperé. Cerca de
las cinco de la mañana, el sonido de la puerta me puso en alerta. Jorge ya
estaba ahí, contemplándome con una sonrisa. Me arrojé a sus brazos, feliz de
ser, según yo, la mujer más afortunada del universo. Disfrutamos de una segunda
luna de miel al calor de la lamparilla mientras el alba comenzaba a puntear.
Poco después, mientras
desayunábamos entre caricias, sonó su celular. Él dudó, pero le hice una señal
para que contestara.
—De acuerdo, voy para allá —,
dijo secamente. Se levantó apresurado y salió sin terminar el café—. Amor, tengo
que salir.
Me quedé sentada, agradeciendo a
Dios que tuviera trabajo. Decidida a no dejarme sorprender de nuevo, tomé a
Jarig y la llevé al veterinario para que la pusieran hermosa. Mientras estaba
allí, Jorge llamó para decir que no llegaría a comer.
Pero esta vez, al terminar la
frase, olvidó colgar.
El celular seguía conectado y,
de pronto, escuché una voz femenina que conocía demasiado bien. Era Stella, mi
mejor amiga.
—No estoy de acuerdo en seguir
compartiéndote con Anastasia —, decía ella, alterada—. O le pides el divorcio o
terminamos aquí.
—Te he dicho que es distraída —,
respondió Jorge con una frialdad que me heló la sangre—. Vive en su mundo
mágico; nunca se dará cuenta de lo nuestro.
Sentí que el suelo desaparecía.
Mi castillo de cristal se pulverizó en un segundo. No supe cómo llegué a la
cabaña. Guardé mis sueños rotos en una maleta y le escribí un mensaje final,
recordándole —, con una ironía que me quemaba—, que recogiera a Jarig a las
seis en el veterinario.
Marché de mi "maravilloso
mundo" para siempre, con el alma pisoteada. Fui cobarde, quizá, porque no
quise escuchar la confesión de sus labios. Por dignidad, decidí hacerme a un
lado. Con el rostro inundado en lágrimas, pero la frente en alto por haber
entregado lo mejor de mí, deambulé por la urbe hasta que decidí refugiarme en
la montaña.
Hoy vivo ausente del mundo,
acompañada únicamente por mi fiel y antigua compañera: mi soledad. En mi vieja
maleta, solo cargo un montón de ilusiones hechas trizas.
y cruel.
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04/04/2024
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