(A MI PADRE)
Sigue tu luz en mi mente,
en mi pecho y mi mirada,
como un faro que no duerme
en la noche más callada.
Hoy te bendigo, mi padre,
por la senda caminada,
por tus manos que me dieron
el sustento de la infancia.
Me entregaste por herencia
la riqueza más sagrada:
la humildad para el camino,
sin pedir a cambio nada,
y un amor para este mundo
que las fronteras abraza,
entendiendo que es la vida
un puente que nos hermana.
Me enseñaste que el tesoro
no es la joya ni la plata,
sino el brillo del afecto
y la paz de la constancia;
a valorar lo que es limpio,
lo que es noble, lo que salva,
y a separar el desierto
de la tierra que es de gracia.
Pero también me inculcaste
la firmeza de la espada
para defender mi sitio
y mi condición humana;
a no agachar la cabeza
cuando la justicia calla,
y a sostener mis derechos
con la palabra templada.
Gracias, papá, por ser guía,
por la huella bien trazada.
Ser agradecida es ley
que en mi pecho se consagra.
Aunque partiste hace tiempo,
tu herencia no se desgasta:
soy el fruto de tu amor,
soy el eco de tu alma.
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