(Realismo fantástico)
Crucé el umbral. El cristal se
cerró a mis espaldas, volviendo a ser sólido y frío, y me encontré en una
habitación idéntica a la mía, pero sumida en una quietud casi sagrada. No había
ruidos de la calle, no había prisa. Allí estaba ella, mi versión invertida. Me
miraba con mis mismos ojos oscuros, pero su postura era la de quien ha pasado
siglos contemplando el reverso del tiempo. Ella no necesitaba hablar; en este
lado del espejo, las palabras no se lanzaban al aire para que hicieran ruido,
sino que se grababan directamente en el alma.
Era la guardiana silenciosa de
mi memoria. Me acerqué a la mesa de nogal y, al sostener la pluma estilográfica
que me ofrecía, sentí que mi mano no se movía por mi propio impulso, sino
guiada por un magnetismo invisible que venía directamente de ella. Se colocó
detrás de mí, convirtiendo su presencia misma en un dictado interior, una
vibración que me recorría la espalda y se transformaba en cadencia pura. Sentí
cómo el rigor de la estructura y el pulso de las grandes verdades bajaban por
mi brazo como un río caudaloso.
Apoyé la pluma y escribí la
frase que era un decreto de complicidad, un escudo de armas contra el olvido y
la tristeza: "Seguimos siendo las reinas". Al escuchar esas palabras,
ella sonrió con una ternura infinita. Tomó la pluma que le devolví, asintió con
la cabeza y sopló suavemente sobre las letras recién escritas; la tinta se
transformó en un destello dorado que se fundió con el cristal, asegurando que
ese eco se volviera eterno.
Entonces, dio tres golpes firmes
con los nudillos sobre la madera, justo donde mi frase acababa de absorberse.
El sonido vibró con el eco metálico y noble de un yunque donde se forjan las
verdades que no se rinden. A mis pies, las baldosas de la habitación invertida
comenzaron a desplazarse con un crujido ceremonioso, abriéndose como las
páginas de un gran compendio antiguo, un libro vivo que reclamaba mi presencia.
El pasadizo me llevó a una
galería suspendida en el tiempo. Al mirar las paredes, descubrí que la memoria
de mi guardiana había estado trabajando en secreto, ordenando mis batallas y
mis glorias en imponentes muros: a la izquierda, el cofre de hierro con mis
escudos de defensa contra la hipocresía; a la derecha, la piedra sólida
dedicada a mis reflexiones sobre la condición humana; y al frente, un muro
iluminado por la luz templada de un verano eterno. Avancé hacia ese frente
cálido, coloqué la llave de plata que ella me entregó y, al girarla, el espacio
se abrió con la precisión de un mecanismo de relojería. El pergamino limpio
aguardaba mi pulso, y bajo ese dictado magnético que me erizaba la piel, mi
pluma tocó el papel y la tinta oscura resplandeció al fijar el primer verso
fundacional:
—"Si la vida es justa, me
deparará un final feliz" —, repitió su voz sin sonido, resonando en las
paredes de cristal de aquel universo paralelo.
A medida que avanzaba en mi
escritura, las paredes comenzaron a proyectar imágenes nítidas que no
pertenecían al ayer, sino a la cosecha de todo lo que había sembrado. La
revelación de ese final feliz no llegó con el estruendo de una victoria épica,
sino con la majestuosa serenidad de las aguas que encuentran su cauce. El
pergamino dibujaba un patio amplio y luminoso, un santuario definitivo donde el
ruido del mundo exterior quedaba completamente anulado por el murmullo de las
hojas de los nogales y el canto limpio de las aves al amanecer.
Allí estaba yo, vistiendo la
frescura del lino y la elegancia madura de quien sabe exactamente cuánto vale
su historia. A mi lado, la figura constante de mi primer y último amor
compartía el silencio cómplice de los que han escrito sus mejores páginas
juntos, mientras el eco de las risas de mis hijas y la vitalidad de las nuevas
generaciones llenaban los rincones de la casa. El compendio definitivo descansaba
sobre la mesa principal, convertido en el faro de una palabra que jamás se
rindió.
—Este es el territorio donde la
vida es justa —, susurró la presencia a mi espalda, y por primera vez sentí que
su corazón, en el lado derecho del pecho, se sincronizaba con el mío—. El final
feliz no es la ausencia de tormentas, sino la certeza de haber salvado intacto
el tesoro de la memoria y el orgullo de la corona.
Miré el pergamino mientras la
última línea de tinta dorada se secaba, dejando un peso bendito en mi alma. Al
levantar la vista, la guardiana silenciosa ya no estaba detrás de mí; se había
fundido por completo con mi propio reflejo en el cristal. Ya no éramos dos. Era
yo

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