Dicen que el pelirrojo es el color del fuego, pero en mí es
el reflejo de la tinta viva. No busques un romance de carne y hueso en mis
ojos; mi idilio no se escribe con promesas humanas, sino con la urgencia de una
página en blanco.
Tengo el cabello indómito, abundante, alborotado por el
viento de las ideas que me asaltan a mitad de la noche. Un caos perfecto que
hace juego con mi mente, que nunca se apaga, que siempre busca más. Cada hebra
encendida es un verso que se rehúsa a ser domesticado, una metáfora que
prefiere el desorden de la tormenta antes que la quietud del olvido.
Estoy irrevocablemente casada con las letras. Mi alianza es
de papel, mi fidelidad pertenece a la métrica y mi mayor romance es el idilio
constante del aprendizaje. No hay mayor fortuna que la de saberme eternamente
alumna, descubriendo el mundo a través del filo de una pluma.
Si me ves sonreír con la mirada perdida y el cabello
revuelto, no le reclames al viento. Es la poesía, la única causante de mis
desvelos, que acaba de pasar a mi lado y me ha despeinado el alma.
ROMANCE DE LA MELENA
INDÓMITA.
Se me alborota el
cabello
como ráfaga
encendida,
un oleaje de fuego
que con el viento
camina.
No busques amor de
carne
en el brillo de mi
vista,
que yo fundé mi
refugio
donde la letra habita.
Estoy casada con
versos,
con la página divina,
fiel amante del
romance,
de la métrica
cautiva.
Mi sonrisa tiene
dueño:
la palabra que me
inspira,
ese romance constante
del saber que nos da
vida.
Que me desvele la
noche,
eterna y fiel
aprendiz;
si el viento me ha
despeinado,
la poesía me hace
feliz.

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