sábado, 11 de julio de 2026

EL LEGADO DE LA TIERRA





 

​El día en el campo no avanza por las manecillas de un reloj, sino por el pulso de la tierra. Para don Silvestre, la jornada comenzaba cuando la madrugada aún era un manto oscuro salpicado de estrellas. Antes de que el sol asomara en el horizonte, el aroma a café de olla con canela ya inundaba la cocina. Don Silvestre se ajustaba el sombrero de tres pedradas, se calzaba las botas y salía al patio, donde el aire fresco de la mañana le limpiaba los pulmones.

​Caminó hacia el corral con el freno y la cuarta en la mano. Ahí lo esperaba el Azabache, su caballo fiel, un animal de capa oscura y mirada inteligente que relinchó suavemente al reconocer los pasos de su amo. Don Silvestre lo palmeó en el cuello con cariño, le colocó la silla charra y ajustó el cincho con la destreza que dan los años. Al hombro llevaba ya su reata de lechuguilla, lista para cualquier faena.

​Su primera tarea era en el potrero. Al abrir las trancas, el ganado comenzó a moverse con parsimonia, respondiendo a los chiflidos familiares del viejo campirano. El tintineo de los cencerros y el eco de los cascos del Azabache sobre la tierra seca rompían el silencio del amanecer. Ver a los animales pastar en libertad, bajo el cielo que empezaba a teñirse de rosa y oro, le devolvía a don Silvestre una paz que ningún dinero en el mundo podía comprar.

​A media mañana, el camino lo llevó bordeando la milpa. Se detuvo un momento a contemplar la siembra. Las cañas de maíz se levantaban orgullosas, altas y verdes, entrelazadas con las guías de las calabazas y el frijol que buscaba el sol. Para don Silvestre, la milpa era un templo sagrado. Al tocar una de las hojas ásperas, recordó las palabras de su padre: "La tierra no es nuestra, Silvestre; nosotros somos de ella. Si la cuidas, ella nunca te dejará con las manos vacías" .

​El mediodía cayó con toda su fuerza, y el calor hacía vibrar el horizonte. Don Silvestre buscó la sombra de un viejo mezquite para refrescarse con el agua de su guaje. Desde ahí, contempló la inmensidad del paisaje: el cerro al fondo, el vuelo circular de un gavilán y el susurro del viento entre los matorrales.

​Al caer la tarde, cuando el sol se escondía pintando el cielo de rojos y violetas, don Silvestre regresó al calor de su hogar. Mientras desensillaba al Azabache y lo dejaba descansar, miró sus propias manos: gastadas, llenas de surcos, idénticas a la tierra que labraba.

​Vivir rodeados de la Madre Naturaleza es recordar, a cada segundo, lo que verdaderamente importa. En el vaivén de la milpa, en la nobleza del caballo y en el silencio del potrero, don Silvestre encontraba una riqueza que las grandes ciudades han olvidado, la fortuna de respirar aire limpio, de comer lo que se siembra y de dormir con la conciencia tranquila bajo el arrullo de los grillos. La naturaleza no solo nos da el sustento; nos ofrece un espejo para el alma, recordándonos que la belleza más pura radica en la sencillez, el respeto y la gratitud por la vida que late a nuestro alrededor.





Imagen de Google

@copyrigth

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