sábado, 11 de julio de 2026

LA MILPA DE MI PADRE





 

​De niños, cuando nos llevaba a la milpa a mi hermano y a mí, nos trepaba dentro de dos canastos, uno de cada lado, sobre la burra mocha. Seguidos por él, que cabalgaba su caballo, nos echaba por delante.

​Recogíamos calabazas, maíz y demás vegetales que se sembraban ahí para llevarlos a casa; lo que consumíamos era cosechado por su propia mano. Me gustaba el potrero, verlo trotar en su potro supervisando el ganado y escuchar cómo lo llamaba a chiflidos.

​También me gustaba recoger, entre las montañas de pastura, los suculentos huevos de las gallinas.

 Más aún cuando pasaba mi abuelo, que se dirigía al estanque a dar de beber a sus caballos. Esa era la vida en Cerros Blancos, hoy un lugar olvidado y alejado de la civilización; tal parece que, al salir nosotros de ahí, su luz se apagó.

​Hoy solo tengo recuerdos de esa vida en el campo que tanto añoro y a la que un día quisiera volver. Pero ya no está mi padre, ni mi abuelo tampoco, y solo me dejaron recuerdos que en el alma atesoro...

 

 

 

 

 

 

EL ECO DE CERROS BLANCOS

 

​Ya camina la memoria

por la senda del pasado,

donde el tiempo se detiene

bajo el cielo desatado.

Dos canastos en la burra,

dos hermanos de la mano,

y adelante nos echaba

la mirada de mi padre.

​Va trotando en su caballo,

capitán de aquel espacio,

recorriendo los potreros,

vigilando a su ganado.

Cruza el viento su chiflido,

fuerte, claro y soberano,

y las reses obedecen

el sonido de su amo.

​Entre lomas de pastura,

donde el sol se va filtrando,

busco el nido de las aves

y los huevos voy guardando.

Viene el viejo con prestancia,

mi buen abuelo estimado,

que camina hacia el estanque

a dar agua a sus caballos.

​¡Ay, mi tierra, Cerros Blancos,

viejos días soberanos!

Hoy pareces un olvido

lejos, libre y apartado,

como si al marchar nosotros

tu candil se hubiera ahogado.

​Ya no están los dos jinetes

que la vida me otorgaron,

pero llevo sus memorias

en el alma, como un faro.



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