De niños, cuando nos llevaba a
la milpa a mi hermano y a mí, nos trepaba dentro de dos canastos, uno de cada
lado, sobre la burra mocha. Seguidos por él, que cabalgaba su caballo, nos
echaba por delante.
Recogíamos calabazas, maíz y
demás vegetales que se sembraban ahí para llevarlos a casa; lo que consumíamos
era cosechado por su propia mano. Me gustaba el potrero, verlo trotar en su
potro supervisando el ganado y escuchar cómo lo llamaba a chiflidos.
También me gustaba recoger,
entre las montañas de pastura, los suculentos huevos de las gallinas.
Más aún cuando pasaba mi abuelo, que se
dirigía al estanque a dar de beber a sus caballos. Esa era la vida en Cerros
Blancos, hoy un lugar olvidado y alejado de la civilización; tal parece que, al
salir nosotros de ahí, su luz se apagó.
Hoy solo tengo recuerdos de esa
vida en el campo que tanto añoro y a la que un día quisiera volver. Pero ya no
está mi padre, ni mi abuelo tampoco, y solo me dejaron recuerdos que en el alma
atesoro...
EL ECO DE CERROS
BLANCOS
Ya camina la memoria
por la senda del
pasado,
donde el tiempo se
detiene
bajo el cielo
desatado.
Dos canastos en la
burra,
dos hermanos de la
mano,
y adelante nos echaba
la mirada de mi
padre.
Va trotando en su
caballo,
capitán de aquel
espacio,
recorriendo los
potreros,
vigilando a su
ganado.
Cruza el viento su
chiflido,
fuerte, claro y
soberano,
y las reses obedecen
el sonido de su amo.
Entre lomas de
pastura,
donde el sol se va
filtrando,
busco el nido de las
aves
y los huevos voy
guardando.
Viene el viejo con
prestancia,
mi buen abuelo
estimado,
que camina hacia el
estanque
a dar agua a sus
caballos.
¡Ay, mi tierra,
Cerros Blancos,
viejos días
soberanos!
Hoy pareces un olvido
lejos, libre y
apartado,
como si al marchar
nosotros
tu candil se hubiera
ahogado.
Ya no están los dos
jinetes
que la vida me
otorgaron,
pero llevo sus
memorias
en el alma, como un
faro.
Imagen de Google
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