Género negro.
El estudio compartía una
simetría engañosa. Dos escritorios de roble idénticos se miraban de frente,
separados apenas por una alfombra gastada que amortiguaba el vaivén de las
sillas. Sobre el de Carolina, las cuartillas se apilaban en un orden orgánico, casi
vivo; sobre el de Maximiliano, los lápices alineados con precisión militar
delataban una rigidez que no lograba transformarse en genialidad.
Esa tarde, el silencio solo era
interrumpido por el golpeteo rítmico de la máquina de escribir de Carolina. Tenía
un compás alegre, fluido, el sonido de una mente que avanza sin dudar.
Maximiliano, con las manos suspendidas sobre sus propias teclas, la observaba
de reojo. El sol de la tarde encendía el perfil de su esposa, ajena al mundo,
entregada por completo a la trama que compartían.
—Escucha esto, Max —, dijo ella
de pronto, deteniendo el tecleo. Sus ojos brillaban con la emoción del
hallazgo, creo que encontré el cierre perfecto para el capítulo del veneno. Si
el antagonista no busca la muerte inmediata, sino el desgaste psicológico, el
lector sentirá la asfixia del personaje—.
Ella comenzó a leer en voz alta.
Su prosa era afilada, elegante, precisa. Cada adjetivo caía en el lugar exacto,
dotando a la escena de una atmósfera magistral que él llevaba semanas
intentando alcanzar en sus propios borradores sin éxito.
Maximiliano forzó una sonrisa,
sintiendo un nudo amargo cerrándose en su garganta. El aplauso que debía nacer
de la admiración se transformó, en su pecho, en un cálculo frío.
—Es... interesante, Carolina —,
respondió él, midiendo la voz para que la envidia no le trizara el tono—.
Aunque tal vez un poco predecible. Déjame pulirlo a mí esta noche. Ya sabes que
a tu estilo, a veces, le falta un poco de estructura.
Carolina lo miró un segundo,
perdiendo por un instante el brillo de los ojos, pero terminó por asentir con
esa generosidad que a él tanto le irritaba.
—Está bien, Max. Confío en tu
pulido. Al final, es nuestra obra maestra—.
Él bajó la mirada hacia su hoja
en blanco. No era de ambos; en su mente, ya solo le pertenecía a él. El sonido
de la máquina de Carolina volvió a arrancar, pero ahora, para Maximiliano, cada
golpe de la tecla sonaba como una burla directa a su propio talento.
Tres semanas después del
entierro, el silencio en el estudio ya no era competitivo; era absoluto.
Maximiliano empujó la puerta con el hombro mientras sostenía una taza de café
humeante. Se sentía, por primera vez en años, el dueño indiscutible del lugar.
La editorial había aceptado el manuscrito final con entusiasmo ciego, elogiando
la "madurez y el giro sombrío" de su pluma. El accidente en el
acantilado, provocado por una oportuna falla en los frenos del auto de
Carolina, había sido catalogado como una tragedia lamentable. Para el mundo, él
era el viudo doliente y el genio solitario.
Se sentó en su escritorio de
roble, dispuesto a saborear el primer café de su nueva vida. Sin embargo, un
destello blanco al otro lado de la habitación atrapó su mirada.
En el escritorio de Carolina,
justo en el centro de la madera limpia, descansaba una hoja de papel.
Maximiliano frunció el ceño y
dejó la taza en la mesa, haciendo que el café se salpicara levemente. Él mismo
se había encargado de limpiar ese escritorio, de guardar cada nota y archivar
cada borrador bajo llave para que nadie pudiera reclamar la coautoría. La
superficie debió quedar vacía.
Se levantó, cruzó la alfombra
gastada y se detuvo frente al mueble de su esposa. El corazón le dio un vuelco
extraño al reconocer la tipografía de la vieja máquina de escribir mecánica que
ella tanto amaba. Acercó la mano, dudando un instante, antes de tomar la
cuartilla.
La tinta estaba fresca. El olor
a cinta negra inundó sus fosas nasales mientras sus ojos devoraban las primeras
líneas:
—El frío de la noche no se
comparaba con el vacío en su mirada cuando me vio subir al auto. Sabías,
Maximiliano, que el camino de la costa no da segundas oportunidades a un motor
sin frenos. Pensaste que la caída borraría mi voz, pero la tinta no se ahoga en
el mar. Todavía nos queda el último capítulo por escribir, y esta vez, la
estructura corre por mi cuenta—.
A Maximiliano se le cortó la
respiración. La taza de café que había dejado en su mesa pareció tintinear en
el silencio de la habitación. La prosa era afilada, impecable, idéntica a la de
ella. Miró la máquina de escribir de Carolina: el rodillo estaba vacío, no
había nadie más en la casa, pero la hoja estaba en sus manos, palpitando como
una amenaza viva.
Maximiliano no dudó. El pánico,
transformado en una furia fría, le encendió la sangre. Arrugó el papel entre
sus puños con tanta fuerza que los nudillos le quedaron blancos. Buscó en los
bolsillos de su saco hasta encontrar el encendedor de plata que Carolina le
había regalado en su último aniversario. Se acercó a la chimenea de rincón, apagada
desde hacía semanas, y dejó caer la bola de papel sobre la ceniza vieja.
Hizo girar la rueda. La llama
cobriza lamió el borde del papel. El fuego avanzó rápido, transformando el
nombre «Maximiliano» en una brizna de humo gris. Cuando no quedó más que un
puñado de ceniza, dejó escapar el aire de los pulmones.
—Fantasías —, susurró—. Alguien
entró. Alguien está jugando conmigo.
Pasó el resto del día revisando
las cerraduras y cambiando el cerrojo de la puerta principal. Se acostó tarde,
convenciéndose de que el perímetro estaba seguro. Sin embargo, a la mañana
siguiente, al clavar la vista en el escritorio de Carolina, el café se le
resbaló de los dedos, estrellándose contra la alfombra. Ahí estaba otra hoja
limpia.
—¿Pensaste que el fuego lo
solucionaría, Max? Deberías recordar lo que tantas veces discutimos frente a
frente: a los malos escritores les encanta quemar los borradores que no pueden
superar—.
Maximiliano soltó una carcajada
histérica. Su orgullo de escritor se negaba a doblegarse. Se encaminó a su
propio escritorio, colocó una hoja limpia en su máquina de escribir y sus dedos
comenzaron a golpear las teclas con furia:
—Estás muerta, Carolina. El mar
se tragó tus borradores y la ley firmó tu acta de defunción. No sé quién está
detrás de este juego macabro, pero pierden el tiempo. La novela ya está en la
imprenta. El mundo me aplaude a mí. Soy yo quien firma las páginas que tú no
supiste proteger. Déjame en paz—.
Arrancó la hoja y la dejó caer
con desprecio justo encima de la página de ella. Decidió que no se movería de
esa habitación en toda la noche. Alrededor de las tres de la mañana, un cabeceo
prolongado lo venció. El sueño lo atrapó solo unos minutos... hasta que un
sonido metálico lo hizo saltar.
Clac.
Un solo golpe seco. Miró hacia
el frente; no había nadie sentado en la silla de Carolina, pero la palanca de
su propia máquina de escribir se movió sola, haciendo girar el rodillo.
Clac. Clac. Clac.
Debajo de la respuesta que él
había redactado, unas letras invisibles comenzaron a imprimirse a toda
velocidad:
—El Mundo sabrá lo que me
hiciste y todo por tu maldita ambición desmedida de corretear la fama—.
El sudor frío le resbaló por la
frente. De pronto, el teclado de la máquina de Carolina comenzó a moverse a una
velocidad frenética, un ametrallador de golpes de metal que hacía vibrar la
madera. Las teclas subían y bajaban guiadas por manos invisibles.
La máquina se detuvo de golpe.
Con las piernas hechas de gelatina, Maximiliano se acercó al rodillo de ella y
leyó el párrafo final:
—La editorial no ha recibido la
novela que tú firmaste, Maximiliano. El archivo digital que enviaste fue
sustituido. Mañana a primera hora, los talleres de impresión comenzarán a
correr... pero con el manuscrito original. El que lleva mi nombre. El que
detalla, en el epílogo, cómo saboteaste los frenos de mi auto en el acantilado.
Corre tras la fama, Max. Búscala en los periódicos de mañana, porque "El
Mundo" por fin va a leer tu obra maestra—.
Un escalofrío mortal le recorrió
la columna. Antes de que sus dedos rozaran el papel, el timbre del teléfono en
la planta baja comenzó a sonar, rompiendo la madrugada. Una, dos, tres veces.
Maximiliano apretó los dientes e ignoró el llamado.
—No... ¡No vas a quitarme nada!
—, rugió.
Con una furia ciega, alzó la
pesada máquina de Carolina y la estampó con violencia contra el suelo. Las
teclas se doblaron y los tipos de plomo saltaron en pedazos. Levantó la silla
de su esposa y la estrelló una y otra vez contra los restos del aparato hasta
que sus propias manos quedaron ensangrentadas.
Jadeando, se dejó caer de
rodillas en medio del desastre. El teléfono abajo finalmente dejó de sonar.
Poco a poco, la luz pálida de las seis de la mañana comenzó a filtrarse por el
ventanal. Maximiliano esbozó una sonrisa macabra, creyéndose vencedor.
Fue entonces cuando escuchó un
sonido proveniente de su propio escritorio.
Un rasgueo suave, constante.
Sobre la mesa limpia, su pluma estilográfica favorita de oro se había levantado
sola. Sostenida por un dedo invisible, trazaba líneas sobre su agenda de piel
con una caligrafía elegante y fluida:
—La tinta siempre encuentra su
camino, Max. No necesitabas romper tu estudio; la policía está por llegar y
este lugar pronto será una escena del crimen. El teléfono no era el editor. Era
la delegación de la costa. Encontraron mi auto en el acantilado... y tus
huellas en el cable de los frenos. Gracias por el final de la novela; admito
que tu desesperación le dio la estructura que le faltaba—.
A lo lejos, rompiendo la calma
de la mañana, el eco de una sirena policial comenzó a aproximarse por la
carretera de la costa.
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