martes, 14 de julio de 2026

EL LAMENTO DE LA RAMA Y EL SUSPIRO DE LA MUSA.

 




Inspirado en la imagen.



​Ella no era de este mundo, o al menos eso parecía para el bosque que la custodiaba. Había descendido como un rayo de luna pálida, envolviéndose en un vestido de seda azul cielo que acariciaba la corteza rugosa con la suavidad de un suspiro. Sus pies, descalzos y libres de los grilletes del mundo, se posaron sobre la rama antigua, una extensión de su propia alma que parecía haber estado esperándola durante siglos. El árbol, un gigante centenario cansado de las estaciones, sintió un despertar en sus raíces profundas, una corriente de vida nueva fluyendo a través de su savia, todo por el simple contacto de su piel con su piel de madera.

​Con un libro en la mano, un portal abierto a otros mundos que palidecían ante el que ella habitaba ahora, ella se entregó a la lectura. No había prisa en su postura, solo una aceptación tranquila del momento. Las hojas densas, como celosos guardianes de un secreto sagrado, formaban un dosel sobre su cabeza, filtrando la luz del sol para que solo los rayos más suaves se atrevieran a rozarla. Los pájaros cantaban melodías antiguas que solo ella parecía comprender, y el viento susurraba promesas de eternidad entre las copas de los árboles. El bosque entero parecía contener el aliento, temeroso de perturbar la paz que ella había traído consigo. Y en el corazón del árbol, en un lugar donde los años no tienen sentido, se forjó una promesa, que mientras ella estuviera allí, el tiempo se detendría, y la belleza de ese momento quedaría grabada para siempre en la memoria de la tierra.




Imagen de Google

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