Inspirado en la imagen.
Ella no era de este mundo, o al menos eso parecía para el
bosque que la custodiaba. Había descendido como un rayo de luna pálida,
envolviéndose en un vestido de seda azul cielo que acariciaba la corteza rugosa
con la suavidad de un suspiro. Sus pies, descalzos y libres de los grilletes
del mundo, se posaron sobre la rama antigua, una extensión de su propia alma
que parecía haber estado esperándola durante siglos. El árbol, un gigante
centenario cansado de las estaciones, sintió un despertar en sus raíces profundas,
una corriente de vida nueva fluyendo a través de su savia, todo por el simple
contacto de su piel con su piel de madera.
Con un libro en la mano, un portal abierto a otros mundos
que palidecían ante el que ella habitaba ahora, ella se entregó a la lectura.
No había prisa en su postura, solo una aceptación tranquila del momento. Las
hojas densas, como celosos guardianes de un secreto sagrado, formaban un dosel
sobre su cabeza, filtrando la luz del sol para que solo los rayos más suaves se
atrevieran a rozarla. Los pájaros cantaban melodías antiguas que solo ella
parecía comprender, y el viento susurraba promesas de eternidad entre las copas
de los árboles. El bosque entero parecía contener el aliento, temeroso de
perturbar la paz que ella había traído consigo. Y en el corazón del árbol, en
un lugar donde los años no tienen sentido, se forjó una promesa, que mientras
ella estuviera allí, el tiempo se detendría, y la belleza de ese momento
quedaría grabada para siempre en la memoria de la tierra.
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