¿Qué pluma, mi amado, puede traducir este fuego
que al vernos, en mis venas, arde sin clemencia?
Mientras tu genio busca en el cielo su sosiego,
mi alma entera sucumbe a tu mortal elocuencia.
No me mires, poeta, con ojos de un dios lejano,
que tu sombra me atrae con un poder abismal.
Siente el temblor de esta mano que es de carne y hueso,
y el latido de un corazón que te reclama mortal.
Tus versos son dagas, tu voz es un conjuro,
y yo soy la materia que moldeas a tu antojo.
En este salón, tu arte me hace creer en lo oscuro,
en la belleza cruel que nace de tu antojo.
Olvídate de la forma y bebe de mis labios,
que tu musa sea yo, no una rima distante.
En este instante, los dos somos los más sabios
del amor que se devora en un solo instante.
Que el mundo se desmorone mientras tú y yo ardemos
en este pacto de tinta y de piel consumada.
Poeta, mi alma es tuya, en este abismo nos vemos:
dos universos colapsando en una sola mirada.

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