Había una vez un caballero
llamado Don Pompeyo, que estaba convencido de que era el más valiente del
reino. El problema era que su armadura era tan vieja que, con cada paso que
daba, hacía un ruido espantoso: ¡Clanc, chicharrón, ploc!. No podía acechar a ningún
villano porque todos lo oían venir desde el pueblo vecino.
Un día, Don Pompeyo anunció:
— ¡Iré a rescatar el tesoro del
Reino de la Verdad, custodiado por el temible Dragón Sincero!
Cuando llegó a la cueva, el
dragón lo miró de arriba abajo y, en lugar de lanzar fuego, se tapó los oídos.
— ¡Por favor, Pompeyo! —gritó el
dragón— ¿Podrías dejar de hacer ese ruido de cacerolas viejas? Me vas a dar
migraña.
Don Pompeyo, infló el pecho y
mintió:
— ¡Es el sonido de mis mil
victorias!
El dragón suspiró y le puso un
espejo delante.
— Mira bien, Pompeyo. Si admites
que tu armadura está oxidada porque prefieres gastar el oro en pasteles de
crema en vez de aceite para metal, te daré el tesoro. Pero si sigues mintiendo,
tendré que usar mi fuego... para cocinarte un huevo frito en ese casco.
Don Pompeyo miró su reflejo, vio
una mancha de mermelada en su guante y soltó una carcajada.
— Está bien, tienes razón. Soy el
caballero más goloso y descuidado del mundo. ¡Y mi armadura suena como un
carrito de supermercado roto!
En ese instante, la cueva
brilló. El "tesoro" no eran monedas de oro, sino una armadura nueva,
ligera y silenciosa. El dragón le explicó:
— La verdad pesa menos que la
mentira, Pompeyo. Ahora puedes ir a buscar aventuras sin parecer una orquesta
de chatarra.
"La verdad nos hace más
ligeros; admitir nuestras faltas con una sonrisa es el primer paso para dejar
de hacer ruido y empezar a brillar."
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