(Prosa Poética)
La carta náutica se despliega
como el sudario de un mundo por descubrir, una tela curtida por el tiempo y las
historias sin contar. En ella, los continentes son sombras que se dibujan entre
la duda y la certeza, pero sobre todo, el mar es un abismo que exige un punto
de referencia. Y allí, en el cruce exacto de las latitudes del alma y las
longitudes de la paciencia, se alza el faro.
No es solo piedra y luz; es la
voluntad de un mundo que se niega a perderse. Sus cimientos, grabados en la
roca viva y batidos por la espuma que ruge como un monstruo herido, son la base
de un pacto con el absoluto. El faro es un ancla para los navegantes y un
templo para los que se han perdido. En su cima, el cristal se enciende, y esa
luz no es más que el reflejo de la esperanza, un ojo que vigila el caos del
océano con una constancia que avergüenza a la noche.
El compás se posa como una
reliquia en el rincón del mapa, recordándonos que el destino es una línea recta
que, paradójicamente, solo se puede trazar con fe y un cálculo preciso. El faro
es ese cálculo hecho materia. No te dice dónde vas, sino que te dice que estás
aquí, que no eres una brizna a la deriva, que el norte aún existe.
A veces, la mayor aventura no es
el viaje hacia lo desconocido, sino el viaje hacia el punto donde la luz te
encuentra, donde la sal marca tu rostro y la estrella que alumbra la noche es
el único faro que te guía.
Imagen de Google

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