(Romance)
No es la Virgen que
trajeron
en los barcos de
Castilla,
es la fuerza de la
tierra
que en el Tepeyac
residía.
Le cambiaron los
ropajes,
el nombre le
sustraían,
para ocultar a la
Madre
que el universo
sostenía.
Tonantzin era la
vida,
la raíz, la voz
antigua,
no la imagen de
rodillas
que el extraño nos
imponía.
Bajo el manto de la
estrella
otra esencia se
escondía:
la deidad de los
ancestros
que nunca se
marcharía.
Que no se confunda el
ruego,
ni la fe, ni la
osadía:
una es dogma del
imperio,
la otra es sangre de
esta guía.
No fue el milagro de
rosas
lo que al pueblo
mantenía,
fue el respeto a la
montaña
donde el alma
florecía.
A la que llaman
"la pura"
por mandato y
teología,
era antes la Gran
Madre
que la lluvia
dirigía.
Quisieron borrar el
rastro
con incienso y con
falsía,
sepultar bajo el
altar
la sagrada jerarquía.
Pero el nombre de
Tonantzin
en el viento todavía
resuena como un
trueno
que al olvido
desafía.
No son la misma, lo
digo,
aunque el tiempo las
unía,
una es madre de este
suelo,
la otra es de
lejanía.
Una es diosa de los
ciclos,
la otra es mística
elegía;
que el engaño no nos
siegue
la memoria y la
hidalguía.
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