miércoles, 25 de marzo de 2026

EL TESORO DEL LIBRERO MÁGICO

 






​En la casa de la Bisabuela, el aire huele a papel antiguo y a tinta fresca. Ella es una mujer de letras, una escritora que sabe que las palabras son puentes, pero que el estudio es el mapa para cruzarlos. Para ella, no hay joyas más brillantes ni oro más puro que sus dos pequeñas: Dana y Emilia.

​En un rincón del cuarto de lectura, la Bisabuela guarda con celo un tesoro muy particular: los viejos zapatitos de piel de Danita. Están desgastados en las puntas, marcados por el roce del suelo del Kinder. Cada vez que la Bisabuela los ve, sonríe en silencio. Sabe que esos zapatos han trabajado duro, acompañando a Dana en su camino paciente de aprender a decir el mundo a su propio ritmo.

​Mientras tanto, Emilia, con sus tres años y su lengua de perico, se sienta en el suelo frente al gran librero. Toma los libros de primaria que pertenecieron a su padre y los abre con solemnidad. Pasa las hojas con sus deditos pequeños, "leyendo" historias que inventa al vuelo, y luego voltea rápido a ver a la Bisabuela, buscando ese brillo de aprobación en sus ojos.

​La Bisabuela deja su pluma a un lado y les dice con voz suave:

​—Miren bien, mis niñas. Estos zapatitos de Dana cuentan la historia del esfuerzo, de no rendirse, aunque el camino sea largo. Y estos libros que Emilia abraza son las alas que las llevarán a donde quieran llegar.

​Para la escritora, el mayor poema no está en sus cuadernos, sino en verlas a ellas. Su prioridad es clara: que nunca dejen de estudiar, que busquen siempre la verdad en las letras y la fuerza en sus pasos.

​—Estudien, pequeñas —les susurra mientras las abraza—, porque el saber es el único tesoro que nadie les podrá quitar.

​Esa tarde, entre los zapatos gastados de una y los libros abiertos de la otra, la casa se llenó de una promesa: Dana seguiría caminando con firmeza y Emilia seguiría hablando con sabiduría, ambas guiadas por la pluma de amor de su bisabuela.





Epílogo del Saber

 

​No existe herencia de mayor nobleza

que el estudio constante y la lectura,

pues no hay ladrón que robe la cultura

ni tiempo que destruya tal riqueza.

 

​Avanza Dana con sutil firmeza,

Emilia busca en letras la aventura;

la bisabuela cuida con ternura

lo que cultiva en cada cabecita.

 

​Si el oro es una llama que se apaga

y el viento se desplaza con ruido,

el saber es la luz que nunca vaga.

 

​Que el libro sea el norte perseguido,

pues nada hay en la vida que se haga

sin el valor del tiempo bien vivido.


 

 

 

​"A mis niñas, mis tesoros.

 

​Si la fortuna me hiciera millonaria, les dejaría una herencia de oro y plata, pero sé bien que las riquezas son volátiles ante quien tiene la astucia de arrebatarlas. Por eso, mi mayor regalo no está en lo que brilla, sino en lo que se aprende.

​Como bien decía su tatarabuelo: 'Del saber, nunca nadie podrá despojarlas'. Que los libros sean su escudo y el estudio su fortaleza, para que caminen por el mundo con la frente en alto, dueñas absolutas de su propio destino."






 

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