En la casa de la Bisabuela, el
aire huele a papel antiguo y a tinta fresca. Ella es una mujer de letras, una
escritora que sabe que las palabras son puentes, pero que el estudio es el mapa
para cruzarlos. Para ella, no hay joyas más brillantes ni oro más puro que sus
dos pequeñas: Dana y Emilia.
En un rincón del cuarto de
lectura, la Bisabuela guarda con celo un tesoro muy particular: los viejos
zapatitos de piel de Danita. Están desgastados en las puntas, marcados por el
roce del suelo del Kinder. Cada vez que la Bisabuela los ve, sonríe en
silencio. Sabe que esos zapatos han trabajado duro, acompañando a Dana en su
camino paciente de aprender a decir el mundo a su propio ritmo.
Mientras tanto, Emilia, con sus
tres años y su lengua de perico, se sienta en el suelo frente al gran librero.
Toma los libros de primaria que pertenecieron a su padre y los abre con
solemnidad. Pasa las hojas con sus deditos pequeños, "leyendo"
historias que inventa al vuelo, y luego voltea rápido a ver a la Bisabuela,
buscando ese brillo de aprobación en sus ojos.
La Bisabuela deja su pluma a un
lado y les dice con voz suave:
—Miren bien, mis niñas. Estos
zapatitos de Dana cuentan la historia del esfuerzo, de no rendirse, aunque el
camino sea largo. Y estos libros que Emilia abraza son las alas que las
llevarán a donde quieran llegar.
Para la escritora, el mayor
poema no está en sus cuadernos, sino en verlas a ellas. Su prioridad es clara:
que nunca dejen de estudiar, que busquen siempre la verdad en las letras y la
fuerza en sus pasos.
—Estudien, pequeñas —les susurra
mientras las abraza—, porque el saber es el único tesoro que nadie les podrá
quitar.
Esa tarde, entre los zapatos
gastados de una y los libros abiertos de la otra, la casa se llenó de una
promesa: Dana seguiría caminando con firmeza y Emilia seguiría hablando con
sabiduría, ambas guiadas por la pluma de amor de su bisabuela.
Epílogo del Saber
No existe herencia de mayor nobleza
que el estudio constante y la lectura,
pues no hay ladrón que robe la cultura
ni tiempo que destruya tal riqueza.
Avanza Dana con sutil firmeza,
Emilia busca en letras la aventura;
la bisabuela cuida con ternura
lo que cultiva en cada cabecita.
Si el oro es una llama que se apaga
y el viento se desplaza con ruido,
el saber es la luz que nunca vaga.
Que el libro sea el norte perseguido,
pues nada hay en la vida que se haga
sin el valor del tiempo bien vivido.
"A mis niñas,
mis tesoros.
Si la fortuna me hiciera
millonaria, les dejaría una herencia de oro y plata, pero sé bien que las
riquezas son volátiles ante quien tiene la astucia de arrebatarlas. Por eso, mi
mayor regalo no está en lo que brilla, sino en lo que se aprende.
Como bien decía su tatarabuelo:
'Del saber, nunca nadie podrá despojarlas'. Que los libros sean su escudo y el
estudio su fortaleza, para que caminen por el mundo con la frente en alto,
dueñas absolutas de su propio destino."
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