(Literatura Infantil —Juvenil)
Había una vez un niño llamado
Julián que decía que los libros eran "ladrillos de silencio".
Prefería el ruido de los rayos en la pantalla y el brillo de los cristales
eléctricos. Para él, leer era como caminar por un desierto de tinta seca.
Un día, su abuelo, que conocía
el secreto de los bosques y de las bibliotecas, le entregó un libro viejo, sin
dibujos en la tapa.
—Este no es un libro, Julián —le
dijo con un guiño—. Es una trampa para valientes.
Julián, por pura curiosidad (o
quizás por desafío), lo abrió en el jardín. Al pasar la primera página, no hubo
silencio. Escuchó el rugido de un mar lejano. Al pasar la segunda, sintió el
olor a tierra mojada y a pólvora de piratas.
De pronto, una palabra saltó del
papel y se le enredó en los dedos. Era la palabra "Aventura". Intentó
soltarla, pero la palabra lo arrastró hacia la siguiente línea, y la línea
hacia el siguiente párrafo. Julián ya no estaba en su jardín; estaba escalando
montañas de adjetivos y cruzando ríos de metáforas.
Esa noche, Julián no encendió la
pantalla. Se quedó bajo las cobijas con una linterna, "cazando"
historias. Descubrió que los libros no eran silencio, sino ruidos que solo el
corazón puede oír. Se volvió un "adicto" al papel porque comprendió
que, mientras un video te da las imágenes hechas, un libro te presta los
pinceles para que tú pintes el universo entero en tu cabeza.
Desde entonces, Julián lleva
siempre un libro bajo el brazo. Dice que tiene miedo de que, si deja de leer,
el mundo se vuelva pequeño y mudo otra vez.
De Semillas de Infancia.
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Imagen de Google.

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