El Caribe no es un color, es un estado del alma. Recuerdo
el inicio en Cancún, donde el mar estalla en un turquesa vibrante contra la
arena blanca, fina como harina bajo mis pies. Allí, el tiempo parece correr al
ritmo de las olas que rompen con fuerza, recordándonos la energía inagotable de
la naturaleza. Era el bullicio de la vida, el sol alto y la promesa de un
horizonte sin fin.
Luego, el cruce hacia Isla Mujeres. Al dejar atrás la
costa, el ritmo cambió. El trayecto sobre el agua fue un rito de paso hacia la
calma. En la isla, el mundo se vuelve pequeño, íntimo y pausado. Recorrer sus
calles, sentir la brisa más suave y contemplar ese mar transparente, casi
inmóvil en Playa Norte, fue como entrar en un sueño de cristal.
Me guardo el contraste: la fuerza de la ciudad costera y la
caricia silenciosa de la isla. No necesito los gigas de un video para revivir
el momento en que el sol se fundió con el agua, tiñendo el cielo de malvas y
naranjas. Ese azul, ese refugio de luz, ahora vive en mi memoria y en estas
letras, donde el espacio es infinito.

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