miércoles, 18 de marzo de 2026

EL JURAMENTO DE LA JOYA VALENCIA, ESPAÑA.

 



 

En honor a Enrique López Saget.

(Madrid)

 

 

 

​La Plaza de la Virgen era un hervidero de emociones. Entre el aroma de los claveles y el sonido de las bandas de música, ella avanzaba con su ramo apretado contra el pecho, justo encima de la joya de oro que brillaba bajo el sol de marzo. Al cruzar su mirada con la de aquel extraño entre la multitud, el ruido se transformó en un zumbido lejano. No sabía quién era él, pero su presencia le devolvía una imagen borrosa, un hombre inclinado sobre un banco de trabajo y una promesa susurrada al oído hace siglos.

​— ¿Nos conocemos de algo? —preguntó ella con voz temblante.

​— ¡Avancen, por favor! —gritó un coordinador. La marea de gente comenzó a separarlos. Desesperado, el hombre, Enrique, alcanzó a rozar el metal de su joya—.  Presiona el pétalo de la izquierda. Ahí grabé nuestro nombre antes de que la seda se tiñera de sangre.

​Ella desapareció entre la multitud, pero Enrique no se rindió. Guiado por una extraña vibración en sus manos, como si el metal llamara al artesano, recorrió las calles del barrio del Carmen. Al llegar a un pequeño casal, la encontró. Al tocarse de nuevo, la realidad se fracturó, ya no estaban en las Fallas, sino en el Barrio de Velluters del siglo XV, rodeados por el humo de un taller de seda en llamas.

​Vieron el sacrificio, Enrique empujándola hacia la salida, entregándole esa misma joya y el patrón de seda que ella vestía hoy. "¡Vete! Si la seda arde, nuestra historia muere", gritó el Enrique del pasado antes de que el techo colapsara.

​De vuelta en el presente, ella presionó el pétalo secreto. Se oyó un "clic" y aparecieron los nombres entrelazados. La promesa se había cumplido. El fuego de la Cremà ya no era un final, sino el inicio de su nueva vida juntos, demostrando que el amor es un hilo de seda que ningún incendio puede romper.

 El destino humano no es una línea recta, sino un tejido donde cada hilo tiene memoria. El sacrificio de ayer es la semilla del reencuentro de hoy; somos viajeros que se reconocen por el brillo de lo que el alma ya ha escrito.





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