lunes, 30 de marzo de 2026

EL PUERTO DE LAS CERTEZAS

 



 

 

​Marcos y Elena llevaban seis meses habitando un universo construido a base de píxeles y notas de voz. Él viajaba desde la capital, mientras ella lo esperaba recorriendo con nervios las orillas del Turia. Sus amigos, escépticos de manual, no dejaban de repetir la misma frase:

 "El amor por internet es como un espejismo, de lejos parece agua, pero cuando te acercas solo hay arena".

​Aquella tarde en Valencia, el aire soplaba con una humedad tibia. Marcos caminaba hacia la Plaza de la Virgen, sintiendo un nudo en el estómago que ninguna pantalla había logrado calmar. El miedo era mutuo y silencioso: ¿Y si la voz no encaja con el rostro? ¿Y si el encanto se rompe al compartir el mismo oxígeno?

​Elena esperaba junto a la fuente. Cuando Marcos la vio, el mundo pareció detenerse. No era solo que fuera exactamente como en las fotos; era la luz de sus ojos, una profundidad que el brillo del móvil nunca pudo captar.

Ella, al verlo acercarse, sintió un vuelco al corazón, su porte, su sonrisa y esa forma de caminar que le pareció lo más hermoso que había visto jamás.

​Se quedaron paralizados, atrapados por una atracción física tan magnética que por un momento olvidaron hasta sus propios nombres.

​—Eres... —comenzó Marcos, buscando aire.

—Tú también —interrumpió ella con una sonrisa nerviosa—. Pero no es solo eso, ¿verdad?

​Se abrazaron frente a la Catedral, y en ese contacto físico confirmaron lo que ya sabían: la belleza que veían era solo el reflejo de las horas de confesiones a medianoche, de los miedos compartidos y de las risas que ya habían entrelazado sus almas mucho antes de que sus manos se tocaran.

​Semanas después, sentados a la mesa con aquellos amigos que tanto habían dudado, la pareja no necesitó decir mucho. Sus miradas hablaban por sí solas.

​"Nos decíais que la distancia engaña", dijo Marcos, tomando la mano de Elena. "Y teníais razón: engaña al que solo busca una imagen. Nosotros no nos conocimos por fuera, nos conocimos por dentro. Lo que veis ahora es solo el envoltorio de un regalo que ya habíamos abierto hace mucho tiempo".

​Al final, la belleza física fue el broche de oro, pero el sentimiento fue el motor que los mantuvo unidos, y el último capítulo de esta historia apenas había nacido.

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