Marcos y Elena llevaban seis
meses habitando un universo construido a base de píxeles y notas de voz. Él
viajaba desde la capital, mientras ella lo esperaba recorriendo con nervios las
orillas del Turia. Sus amigos, escépticos de manual, no dejaban de repetir la
misma frase:
"El amor por internet es como un
espejismo, de lejos parece agua, pero cuando te acercas solo hay arena".
Aquella tarde en Valencia, el
aire soplaba con una humedad tibia. Marcos caminaba hacia la Plaza de la
Virgen, sintiendo un nudo en el estómago que ninguna pantalla había logrado
calmar. El miedo era mutuo y silencioso: ¿Y si la voz no encaja con el rostro?
¿Y si el encanto se rompe al compartir el mismo oxígeno?
Elena esperaba junto a la
fuente. Cuando Marcos la vio, el mundo pareció detenerse. No era solo que fuera
exactamente como en las fotos; era la luz de sus ojos, una profundidad que el
brillo del móvil nunca pudo captar.
Ella, al verlo acercarse, sintió
un vuelco al corazón, su porte, su sonrisa y esa forma de caminar que le
pareció lo más hermoso que había visto jamás.
Se quedaron paralizados,
atrapados por una atracción física tan magnética que por un momento olvidaron
hasta sus propios nombres.
—Eres... —comenzó Marcos,
buscando aire.
—Tú también —interrumpió ella con
una sonrisa nerviosa—. Pero no es solo eso, ¿verdad?
Se abrazaron frente a la
Catedral, y en ese contacto físico confirmaron lo que ya sabían: la belleza que
veían era solo el reflejo de las horas de confesiones a medianoche, de los
miedos compartidos y de las risas que ya habían entrelazado sus almas mucho
antes de que sus manos se tocaran.
Semanas después, sentados a la
mesa con aquellos amigos que tanto habían dudado, la pareja no necesitó decir
mucho. Sus miradas hablaban por sí solas.
"Nos decíais que la
distancia engaña", dijo Marcos, tomando la mano de Elena. "Y teníais
razón: engaña al que solo busca una imagen. Nosotros no nos conocimos por
fuera, nos conocimos por dentro. Lo que veis ahora es solo el envoltorio de un
regalo que ya habíamos abierto hace mucho tiempo".
Al final, la belleza física fue
el broche de oro, pero el sentimiento fue el motor que los mantuvo unidos, y el
último capítulo de esta historia apenas había nacido.

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