La poesía no es solo el arte de acomodar versos en una
página, es el suspiro del alma que encuentra una salida cuando el mundo se
queda en silencio. Es esa voz valiente que se atreve a nombrar lo invisible, el
perfume de un recuerdo, el peso de una ausencia o la luz de una esperanza que
se niega a morir.
En un mundo que a veces parece sordo al sentimiento, la
poesía llega como un bálsamo necesario. No pide permiso, se instala en el pecho
y convierte el dolor en belleza, el sueño en historia y el instante en
eternidad. Es el hilo invisible que une a las almas, permitiéndonos reconocer
nuestra propia humanidad en el reflejo de las palabras de otro.
Escribir es un acto de resistencia y de amor. Porque
mientras exista alguien que se detenga a contemplar un sauce, a honrar la
memoria de un héroe o a rescatar un beso del olvido, la poesía seguirá siendo
el latido más puro de nuestra existencia. Es la pluma que no descansa, el
compendio de nuestras vidas y la prueba de que, pase lo que pase, siempre habrá
una rima para nuestra verdad.

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