Bajo el palio verde de las palmeras, donde el viento ensaya
una danza lenta entre las frondas, el mundo parece detenerse. Aquí, la arena es
un lienzo tibio que aguarda el rastro de nuestros pasos, una alfombra de oro
molido que se rinde ante la caricia constante de la marea.
El Sol, en su cenit más dulce, baña la piel con un abrazo
de fuego y seda, mientras el aire se impregna del perfume salino que solo el
océano sabe desprender. Es en este refugio de luz donde el tiempo pierde su
prisa; el Mar, testigo inmenso y azul, nos contempla con la complicidad de un
viejo confidente. Sus olas no solo rompen en la orilla, sino que envuelven
nuestros sueños en un vaivén eterno, como si cada espuma fuera un verso
dedicado a este amor que navega sin brújula, porque su único norte es el latido
compartido.
Navegamos en la calma de un sentimiento que nos ciñe, que
nos habita, transformando el susurro del agua en dulces caricias que nos
recorren el alma. En esta orilla, la vida es simplemente esto: el calor del
Sol, el refugio de la palma y la certeza de que el universo entero se reduce al
espacio que separa nuestras manos.
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