miércoles, 25 de marzo de 2026

SUSURROS DE SAL Y PALMA

 





 

​Bajo el palio verde de las palmeras, donde el viento ensaya una danza lenta entre las frondas, el mundo parece detenerse. Aquí, la arena es un lienzo tibio que aguarda el rastro de nuestros pasos, una alfombra de oro molido que se rinde ante la caricia constante de la marea.

​El Sol, en su cenit más dulce, baña la piel con un abrazo de fuego y seda, mientras el aire se impregna del perfume salino que solo el océano sabe desprender. Es en este refugio de luz donde el tiempo pierde su prisa; el Mar, testigo inmenso y azul, nos contempla con la complicidad de un viejo confidente. Sus olas no solo rompen en la orilla, sino que envuelven nuestros sueños en un vaivén eterno, como si cada espuma fuera un verso dedicado a este amor que navega sin brújula, porque su único norte es el latido compartido.

​Navegamos en la calma de un sentimiento que nos ciñe, que nos habita, transformando el susurro del agua en dulces caricias que nos recorren el alma. En esta orilla, la vida es simplemente esto: el calor del Sol, el refugio de la palma y la certeza de que el universo entero se reduce al espacio que separa nuestras manos.




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