Para Semillas de
Infancia.
Capítulo 1: El Hallazgo bajo la Luna.
En el Bosque Milcolores, donde los árboles tienen hojas de
esmeralda y los ríos cantan nanas, vivían dos grandes amigos: un duende
inquieto llamado Spocus y una hadita luminosa llamada Spica.
Spocus no era un duende cualquiera; era un "Duende
Jardinero de Raíces", lo que significa que cuidaba los cimientos
subterráneos del bosque. Spica, por su parte, era una "Hada
Centella", encargada de encender las primeras luces de la tarde para que
las flores no se sintieran solas cuando el sol se iba a dormir.
Una noche, cuando la luna creciente se mecía en el cielo
índigo, Spocus estaba trabajando duro. Cavaba cerca de las raíces de un anciano
roble con su pequeña palita de plata. Llevaba su sombrero verde puntiagudo, que
siempre se movía cuando él se concentraba.
—¡Uf! Esta raíz es tan dura como una piedra—masculló
Spocus, secándose el sudor de la frente.
Spica, que siempre estaba cerca para iluminar su trabajo,
bajó volando. Su vestido amarillo brillante parpadeaba con suavidad.
—¿Necesitas más luz, Spocus? Mis alas hoy brillan con la
fuerza de tres luciérnagas.
—Gracias, Spica, pero creo que no es luz lo que necesito...
¡Es fuerza! Algo me impide seguir cavando.
Justo en ese momento, la palita de Spocus chocó contra algo
metálico. ¡CLANG!
—¿Qué fue eso?—preguntó Spica, acercándose tanto que su luz
iluminó el hallazgo.
Allí, medio enterrada entre la tierra suave y la hiedra
mágica, había una llave. Pero no era una llave normal. Era vieja, grande y
estaba adornada con pequeñas flores de metal entrelazadas, como si hubiera
estado allí durante siglos.
—¡Es... una llave antigua!—exclamó Spocus, sacándola con
cuidado—. ¡Parece tan importante!
—¿Y qué crees que abre?—susurró Spica, maravillada.
Spocus miró la llave con ojos brillantes.
—En el Bosque Milcolores, Spica, una llave tan grande y
vieja solo puede abrir una cosa: un secreto muy, muy dulce. ¡Tal vez sea el
cofre donde los árboles guardan sus deseos!
Spica sonrió. Ella siempre creía en la magia de las cosas
pequeñas.
—Bueno, Spocus, creo que hemos encontrado nuestra primera
pista. Pero, ¿dónde empezamos a buscar la cerradura?
Spocus guardó la llave en su bolsillo.
—Empezaremos donde empiezan todas las grandes aventuras:
¡justo aquí, bajo la luna centelleante!
Capítulo 2: La Puerta Silenciosa.
A la mañana siguiente, cuando el sol apenas acariciaba la
copa de los árboles, Spocus y Spica ya estaban en pie. Spicus guardaba
celosamente la llave antigua en su cinturón, y Spica había pulido su barita de
estrella para la ocasión.
—He estado pensando toda la noche, Spocus —dijo Spica,
revoloteando alrededor del duende—. Si la llave es vieja, la cerradura debe
estar en un lugar que casi todos hayan olvidado.
Spocus asintió con gravedad.
—Exacto. Y solo hay un lugar en el Bosque Milcolores que
nadie visita desde hace cien veranos: ¡El rincón de los Sauces Llorones!
El camino hacia los Sauces Llorones estaba lleno de hiedras
enredadas y musgo esponjoso. Spocus, con su sombrero puntiagudo y su pequeña
palita, iba abriendo paso, mientras Spica, con su vestido amarillo brillante y
sus alas iridiscentes, iluminaba los senderos más oscuros y apartados.
Al llegar, la luz se volvió suave y verdosa. Los Sauces
Llorones inclinaban sus largas ramas hacia el suelo, como si estuvieran
contando secretos al oído de la tierra.
—Aquí está muy silencioso... —susurró Spica.
Spocus miraba a su alrededor, buscando algo que pareciera
una cerradura. Pero no había nada, solo corteza vieja y hojas caídas.
—A ver, Spica, ilumina ese tronco torcido —señaló Spocus.
Spica voló hacia el tronco y enfocó su luz. Entonces, algo
increíble ocurrió. La luz de su varita, al tocar la corteza húmeda, reveló una
marca plateada que antes era invisible. ¡Era el contorno de una puerta!
—¡La encontraste! —gritó Spocus, emocionado.
En el centro de la marca plateada, había una cerradura
redonda y antigua, exactamente del mismo diseño que la llave.
Spocus sacó la llave con manos temblorosas. El metal
brillaba intensamente al acercarse a la cerradura.
—¿Estás lista, Spica? —preguntó.
Spica asintió, conteniendo el aliento. Spocus introdujo la
llave y la giró lentamente.
¡CLIK-CLAK!
La puerta de corteza comenzó a abrirse, revelando una luz
dorada y cálida que emanaba de su interior. Pero antes de que pudieran ver qué
había dentro, un pequeño estornudo los asustó.
—¡Aaa-chís! —sonó una voz bajita desde las sombras.
Capítulo 3: El Guardián de los Colores.
Tras el estornudo, de entre las raíces del sauce salió
rodando una pequeña bola de musgo con patas. Al detenerse, resultó ser un Grillo
Bibliotecario con unas gafas tan grandes que casi le tapaban las antenas.
—¡Vaya, vaya! —dijo el grillo, sacudiéndose el polvo de su
saquito de terciopelo—. Mil años esperando y me pilláis con alergia al polen de
luna. Soy Gorgonio, el guardián de la Puerta Silenciosa.
Spocus, sujetando su sombrero para que no se le cayera de
la impresión, dio un paso adelante.
—Señor Gorgonio, hemos encontrado esta llave bajo el viejo
roble. ¿Es este el cofre de los deseos de los árboles?
Gorgonio ajustó sus gafas y miró a Spica, que iluminaba el
lugar con un brillo suave para no asustar al pequeño guardián.
—Mucho mejor que eso, joven duende. Lo que habéis abierto
es el Almacén de los Colores Perdidos. ¿No habéis notado que a veces las flores
se vuelven pálidas o que el cielo olvida su azul más brillante?
Spica asintió entusiasmada. Ella, como Hada Centella,
siempre notaba cuando los colores perdían su fuerza al anochecer.
—¡Sí! A veces las rosas parecen cansadas de ser rojas
—comentó Spica.
Gorgonio señaló hacia el interior de la puerta. Allí, en
estantes de cristal hechos de rocío congelado, había frascos llenos de luces de
todos los colores imaginables: Naranja Atardecer, Verde Esperanza, Violeta de
Sueño y un Dorado Alegría que vibraba con fuerza.
—Alguien olvidó la llave hace siglos —explicó el grillo—, y
desde entonces el bosque ha ido perdiendo su brillo. Pero para devolver los
colores a su lugar, no basta con tener la llave. Se necesita la fuerza de un
jardinero que conozca las raíces y la luz de un hada que sepa volar hasta lo
más alto.
Spocus miró su palita y Spica miró su varita. Se dieron
cuenta de que su hallazgo no era solo un tesoro para ellos, sino una misión
para ayudar a todo el Bosque Milcolores.
—¡Nosotros lo haremos! —exclamaron al unísono.
Gorgonio sonrió, entregándoles un pequeño mapa de pétalos
secos.
—Vuestra primera tarea es devolverle el brillo al Prado de
las Amapolas Tristes. Han perdido su rojo y ahora son grises como el humo.
¿Estáis listos?
Capítulo 4: El Milagro del Rojo.
Spocus y Spica caminaron siguiendo el mapa de pétalos hasta
llegar al Prado de las Amapolas Tristes. Al verlo, se les encogió un poquito el
corazón: las flores, que debían ser del color del fuego, estaban pálidas y
grises, como si estuvieran hechas de ceniza y olvido.
—Parece que el viento se llevó sus ganas de bailar —susurró
Spica, bajando el brillo de sus alas por respeto.
Spocus sacó de su morral el frasco de "Rojo
Valentía" que le había entregado el grillo Gorgonio. Pero el frasco estaba
tan apretado que no podía abrirlo solo con sus manos de duende.
—Spica, necesito tu calor. Si calientas el sello con tu
luz, el color podrá salir.
Spica voló en círculos rápidos, creando un remolino de luz
dorada alrededor del frasco. El cristal brilló, el sello cedió y, de pronto,
una nube de polvo carmesí saltó hacia el cielo.
—¡Ahora, Spocus! ¡Hay que guiarlo a las raíces! —gritó el
hada.
Spocus, con su palita de plata, cavó pequeños surcos al pie
de cada amapola. El polvo rojo, guiado por la brisa que Spica creaba con sus
alas, se filtró en la tierra.
Fue un momento mágico: desde el tallo hasta los pétalos, el
color subió como una marea de alegría. Una a una, las amapolas se estiraron,
recuperaron su terciopelo rojo y comenzaron a mecerse con el viento, cantando
una melodía de gratitud que solo los duendes y las hadas pueden oír.
—¡Mira, Spica! ¡El prado vuelve a estar vivo! —exclamó
Spocus, saltando de felicidad.
El Cierre de la Aventura.
Gorgonio el Grillo apareció de nuevo, esta vez sobre una
hoja de trébol.
—Habéis comprendido el secreto —dijo con voz sabia—. La
llave abre la puerta, pero es vuestra amistad la que devuelve la vida. Spocus
puso el esfuerzo en la tierra y Spica puso la luz en el cielo. Ninguno hubiera
podido hacerlo solo.
Desde aquel día, el Bosque Milcolores recuperó todos sus
matices. Spocus y Spica se convirtieron en los "Guardianes de la
Armonía", y cuentan los árboles más viejos que, si alguna vez ves una flor
especialmente brillante, es porque un duende y un hada pasaron por allí
trabajando juntos.
Y así, con el sol besando el prado rojo, se cierra esta
historia, pero no la magia que vive en quienes saben compartir su luz.

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