El verso nace libre, casi herido
en manos que no buscan el tesoro
pues vale el sentimiento más que el oro
aunque el pan de la mesa sea esquivo.
No importa que el afán quede en olvido
el poeta mantiene su decoro
brindando en cada estrofa su sonoro
latido de cristal ya agradecido.
Es un oficio ciego y entregado
donde el alma se entrega por entero
al arte que no sabe de mercado.
Porque al final del largo y fiel sendero
queda el poema vivo y rescatado
del tiempo que castiga al mercadero.
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