La alegría de un niño no es un estado pasajero, sino el
cimiento de su fortaleza futura. En cada risa franca y en cada mirada llena de
asombro, reside la esperanza de un mundo que aún conserva su capacidad de
asombrarse. Proteger esa chispa no es solo un acto de amor, sino un deber de
justicia, es asegurar que el asombro sea su brújula y la seguridad su refugio.
Cuidar su felicidad implica permitirles habitar su propio
tiempo, lejos de las prisas y las sombras del mundo adulto. Cuando un niño se
siente libre para imaginar y descubrir sin miedos, está tejiendo los hilos de
una paz que lo sostendrá siempre. Que este 30 de abril sea el recordatorio de
que nuestra mayor misión es ser los guardianes de su inocencia, permitiendo que
su luz brille con toda su pureza.
@Copyrigth
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