El eco de los cascos de los caballos se había extinguido,
reemplazado por el susurro monótono de las olas del Caribe golpeando la costa
de Santa Marta. Aquel hombre, cuya sombra una vez cubrió mapas enteros y cuyo
nombre hizo temblar tronos, se encontraba ahora confinado al silencio de una
alcoba prestada. La fiebre, más implacable que cualquier ejército realista, le
arrebataba el aliento con la misma ferocidad con la que él había reclamado la
libertad.
No hubo corazas de plata ni desfiles de victoria en ese
rincón del mundo. Solo la amargura de ver cómo el gran sueño de la unidad se
fragmentaba en fronteras mezquinas y ambiciones locales. Él, que lo había dado
todo, su fortuna, su linaje, su juventud, se desvanecía entre sábanas blancas,
envuelto en la pobreza de quien ha arado en el mar.
Sin embargo, en ese exilio del alma, su grandeza no menguó.
Bolívar no murió en el olvido, sino en la pausa necesaria que hace la historia
antes de convertir a un hombre en mito. El Libertador cerró los ojos frente al
océano, dejando tras de sí un legado que ningún destierro pudo borrar. Al
final, el fuego que encendió en el corazón de un pueblo resultó ser la única
llama que no pudo extinguir el frío de la ingratitud.
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