Realismo metafísico
(o ficción filosófica)
Al despertar aquella mañana,
tras un sueño de náuseas y humedad, Jonás no vio el techo de su habitación,
sino una bóveda de carne estriada y purpúrea que subía y bajaba rítmicamente.
La premisa se aceptó de inmediato, sin histeria, estaba dentro del Pez.
Con la resignación de quien se
ajusta la corbata, Jonás comenzó su rutina. El suelo bajo sus pies descalzos
era esponjoso, una alfombra de tejido epitelial que exudaba un moco tibio. La
lógica de este nuevo mundo era simple pero implacable: la supervivencia
dependía de la marea de los jugos gástricos.
—Faltan diez minutos para la
pleamar de ácido —se dijo, su voz sonando hueca en la inmensidad orgánica.
Se dirigió al rincón que había
bautizado como "El Faro", un cúmulo de restos de naufragios más
antiguos —madera flotante, un mástil roto, cajas de arenques en salazón— que
encajaba perfectamente en un pliegue del estómago del monstruo. Con un trozo de
pedernal, hizo un fuego pequeño y controlado sobre una plancha de hierro. El
humo subía y se perdía en la oscuridad del esófago superior, arrancándole al
Pez una tos profunda que hacía temblar todo el "suelo".
Desayunó arenques salados,
cocinados al calor de los restos de otros barcos. La rutina corregía el error
del pánico: no se trataba de escapar, sino de administrar el tiempo entre
digestión y digestión.
El "Catacrock", el
conflicto metafísico decidido antes de empezar, llegó con la luz.
A veces, el Pez subía a la
superficie y abría las fauces. Una catarata de agua de mar entraba, trayendo
consigo la luz del sol cegadora y una nueva remesa de peces plateados y pánico.
Y con la luz, la orilla. A lo lejos, Jonás podía ver la línea dorada de la
costa, las siluetas de Nínive, la ciudad de la que huía.
Allí estaba el verdadero dilema,
la lógica imparable: dentro del Pez había acidez, oscuridad y muerte lenta,
pero también una extraña paz, un refugio de la responsabilidad de su profecía.
Fuera, en la luz, estaba el mundo sensible, su misión y el juicio de los
hombres.
El Pez volvió a toser. Una ola
de ácido gástrico lamió los bordes de "El Faro". Jonás miró la luz
que se colaba por las fauces abiertas, miró la ciudad a lo lejos, y luego miró
su pequeño fuego de náufrago.
El viaje era soñado, el espacio
despertaba la curiosidad, y la incertidumbre era perpetua. Jonás echó otra
pieza de madera al fuego. Sabía que mientras la luz de la orilla estuviera
allí, su despertar nunca sería tranquilo.
@Copyrigth
Imagen de Google

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