El día en que la humanidad abrace la equidad como premisa,
ese día florecerán los jardines de la esperanza.
Es una herida abierta ver rodar una lágrima por el tierno
rostro de un niño acosado por el hambre, mientras el mundo privilegiado
derrocha en la indiferencia. Es doloroso el llanto de la madre cuyo hijo,
empujado por la necesidad absoluta, es arrastrado a la delincuencia. Si
poseyéramos la sabiduría colectiva de la hormiga, nuestro destino sería
distinto. Sin embargo, presenciamos el contraste obsceno: recursos gastados en
la vanidad de la figura, mientras en las calles un niño implora, en silencio,
un pedazo de pan.
Conocemos la desesperación del padre ante el hijo enfermo,
debatiéndose entre la vida y la muerte, atrapado en la impotencia de un jornal
que no alcanza para la medicina, o de la falta de empleo por carecer de títulos
que el hambre le impidió obtener. Es el contraste amargo entre la lucha por la
supervivencia y los privilegios de quienes estudian en las élites globales.
Si la justicia fuera equitativa, el águila no se vería
forzada a migrar, a cruzar fronteras para sufrir humillaciones en tierras
extranjeras bajo el estigma de la ilegalidad. Veríamos crecer a nuestros hijos
sanos y felices. Transformaríamos el mundo y la discriminación por parte de
nuestros vecinos sería cosa del pasado.
La creación es sabia: el sol sale y la lluvia cae para todos
por igual. Ante lo divino, no hay distinciones; somos apenas un grano de arena,
una nube que aparece y se disipa. Nos iremos sin llevarnos nada. ¿Por qué,
entonces, la saña contra el desprotegido? ¿Por qué ese instinto de rapiña sobre
la vulnerabilidad ajena?
Somos humanos y México clama por Paz, Justicia y Equidad.
Es hora de equilibrar la balanza entre ricos y pobres con honestidad y
dignidad. Debemos sanar este planeta que agoniza ante la ambición del poder y
luchar unidos por la niñez, el futuro de la humanidad. Que sus rostros solo
reflejen alegría y que el sufrimiento y la carencia sean palabras desconocidas
para ellos.
La honestidad es, a menudo, el único y más valioso
patrimonio del pobre. Las manifestaciones del espíritu no tienen precio; se cultivan
con respeto propio. Quien aprende a extraer la esencia de lo cotidiano posee el
tesoro más grande.
La verdadera medida de la riqueza y la pobreza radica en
nuestra capacidad de dar y ofrecernos al prójimo. Que la equidad reine entre
obreros, patrones y empresas. Solo así alcanzaremos la paz que tanto anhelamos.
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17/03/2025
Imagen de Google

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