En el corazón de la Sierra
Madre, donde las nubes se enredan con los pinos, late todavía el espíritu de un
hombre de bronce. Vicente Guerrero no fue un estratega de salones elegantes ni
de uniformes impecables; fue el guerrero del sur, la llama que se negó a morir
cuando la esperanza de la independencia parecía un rescoldo cubierto de ceniza.
Mientras otros buscaban el perdón o la comodidad del olvido, él se mantuvo
firme, como un roble cuyas raíces se hundían en la tierra misma que juró
liberar.
Su figura, marcada por la
humildad de su origen y la grandeza de su destino, desafió no solo a los
imperios, sino a los prejuicios de su tiempo. Ni el ruego de su padre ni la
tentación del poder pudieron doblegar su voluntad. Para Guerrero, la libertad
no era un concepto abstracto, sino el derecho de cada hijo de esta tierra a
caminar sin cadenas.
La traición intentó silenciarlo
en una mañana de febrero, creyendo que al apagar su vida borrarían su ejemplo.
Pero se equivocaron. El hombre que entregó su último aliento en Cuilápam no
murió en el olvido; se fundió con el aire de las montañas y el valor de los
humildes. Hoy, su nombre es el escudo de quienes no se rinden, recordándonos
que, por encima de las ambiciones y los miedos, la patria siempre será el
primer y más sagrado de los deberes.
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