La luz del crepúsculo se filtraba
por los tablones de la cabaña, creando un juego de sombras largas sobre el
suelo. Alfonso estaba apoyado contra el marco de la puerta, observando el
horizonte. Su figura, delgada y alta, parecía ser el pilar que sostenía toda la
calma de aquel lugar.
Ella lo miraba en silencio,
recorriendo con la vista la línea de sus hombros hasta llegar a su rostro. En
ese instante, él se giró. Le dedicó esa sonrisa única, esa que ella guardaba en
su memoria como el tesoro más valioso, y sus ojos —esos luceros cautivadores—
se encontraron con los de ella.
—¿En qué piensas? —preguntó él
con una voz suave, que encajaba perfectamente con la quietud del bosque.
Ella tardó un segundo en
responder, atrapada en la intensidad de su mirada.
—En que eres real —susurró ella,
dando un paso hacia él—. Pensaba en que esta es la felicidad, Alfonso. Durante
mucho tiempo, no creí que fuera algo que pudiera alcanzar. Pensé que mi destino
era ser como esa moneda falsa que pasa de mano en mano sin valor... pero aquí,
contigo, me siento de ley.
Alfonso acortó la distancia
entre ambos. No hubo movimientos bruscos, solo la fluidez de quien se siente en
casa. Le puso una mano en la mejilla, un gesto que ella todavía recibía con una
mezcla de asombro y alivio.
—Esa moneda ya no existe —dijo
él, y su sonrisa se ensanchó, iluminando los rincones más oscuros de su
memoria—. Aquí solo estamos nosotros. Y este cielo que miras todas las tardes
es, por fin, solo tuyo.
Ella cerró los ojos, dejándose
envolver por su presencia. Ya no había "apetencia" ni ansias de
huida. Alfonso era el punto final de su antigua historia y el título de la
nueva.
La noche se instalaba
definitivamente sobre la cabaña, y el único sonido era el crujir rítmico de la
leña en el fuego. Alfonso estaba sentado en su sillón favorito, con un libro
abierto sobre el regazo y un cuaderno donde anotaba ideas con una caligrafía
pausada. La luz de las llamas bailaba en sus rasgos, acentuando su silueta alta
y delgada, dándole un aire de serenidad absoluta.
Ella lo observaba desde la mesa,
donde sus propios versos descansaban. Verlo allí, concentrado, era su mayor
consuelo.
—¿Has encontrado las palabras
hoy, Alfonso? —preguntó ella suavemente.
Él levantó la vista y le regaló
esa sonrisa única, dejando el cuaderno a un lado. Su mirada cautivadora parecía
leer no solo el papel, sino el alma de ella.
—Las palabras siempre están
—respondió él, extendiendo una mano hacia ella—. Pero solo aquí, junto a ti y
frente a este fuego, tienen sentido. Antes escribía para escapar; ahora escribo
porque he llegado.
Ella se acercó y se sentó a sus
pies, apoyando la cabeza en su rodilla. Sintió la mano del escritor acariciar
su larga cabellera con la misma delicadeza con la que se pasa la página de un
libro amado.
—Yo pensaba que el cielo era
inalcanzable —confesó ella, mirando las brasas—. Pero mi cielo es este cuarto,
el olor a madera y el sonido de tu pluma sobre el papel.
Alfonso cerró su libro, marcando
la página, pero sin quitarle la vista de encima.
—Lo que hemos construido aquí es
la historia más hermosa que jamás podré escribir —susurró él—. Una victoria que
no necesita ser gritada para ser eterna.
El frío del bosque golpeaba los
cristales, pero dentro de la cabaña el aire olía a resina de pino y a la tinta
fresca del cuaderno de Alfonso. El fuego se había reducido a un resplandor
ámbar, el momento exacto en que las sombras se vuelven suaves y las verdades,
más fáciles de decir.
Alfonso cerró su cuaderno, su
figura alta relajada contra el respaldo del sillón. Miró a ella, que sostenía
su propio poema con manos que ya no temblaban.
—Es tu turno —dijo él, y su
mirada cautivadora era una invitación abierta, un espacio seguro donde no
existía el juicio.
Ella respiró hondo y leyó en voz
alta los versos de "Apetencia". Al llegar al final, a ese verso que
decía: "Muere el sol, y yo habito mi cielo", su voz se quebró apenas
un hilo, pero no de tristeza, sino de asombro ante su propia paz.
Alfonso permaneció en silencio
un momento, procesando la belleza del hallazgo de ella. Luego, abrió su
cuaderno por la última página escrita.
—Yo también he encontrado algo
hoy —susurró él, y su sonrisa única apareció, breve y cómplice—. Escucha:
"Hay historias que se
escriben con sangre y otras que se escriben con el peso del plomo. Pero la
nuestra, la que habitamos en esta cabaña, se escribe con el blanco de los
inviernos y el oro de tus ojos. No busco finales épicos ni dramas de otros
tiempos; mi pluma solo aspira a ser el testigo de cómo respiras en calma al
despertar. Porque la verdadera literatura no es el ruido del mundo, sino el
silencio que comparto contigo, la única palabra que ha sido escrita con
ley."
Al terminar, Alfonso dejó el
cuaderno sobre la mesa y buscó la mano de ella.
—Tú escribes sobre alcanzar el
cielo —dijo él mirándola fijamente—, y yo escribo sobre cómo ese cielo decidió
bajar a la tierra y sentarse conmigo frente al fuego. No somos una moneda
falsa, somos el oro que queda después de que el fuego se lleva todo lo que no
servía.
Ella apretó su mano, sintiendo la
piel de Alfonso, la realidad de su cuerpo delgado y fuerte a la vez. En esa
habitación, rodeados de libros y leños, la felicidad no era un sueño literario.
Era el presente.
La noche del aniversario no
necesitaba grandes banquetes ni ruidos externos. El festejo estaba en los
detalles: una cena sencilla puesta sobre la mesa de madera, el vino brillando
en las copas como rubíes derretidos y, sobre todo, la consciencia compartida de
que habían pasado trescientos sesenta y cinco días sin miedo.
Alfonso se levantó, su figura
alta proyectando una sombra protectora sobre la pared de troncos. Se acercó a
ella y, con esa sonrisa única que parecía renovarse con cada estación, le
tendió una pequeña caja de madera que él mismo había tallado.
—Para tu pluma —dijo él, su
mirada cautivadora más profunda que nunca—. Para que sigas escribiendo nuestra
victoria.
Ella abrió el regalo, pero sus
ojos se desviaron hacia el cuaderno de Alfonso, donde las palabras que habían
compartido antes seguían frescas. Se puso en pie y lo abrazó, hundiendo el
rostro en su pecho, escuchando el latido rítmico de un corazón que solo sabía
de paz.
—Feliz aniversario, Alfonso
—susurró ella—. Gracias por enseñarme que la felicidad no era un espejismo.
Él la apartó apenas unos
centímetros para mirarla, rodeando su cintura con sus manos largas de escritor.
—Gracias a ti por elegir este
cielo —respondió él—. La moneda falsa se perdió en el camino, y lo que quedó es
este oro puro que somos ahora.
Afuera, la nieve comenzó a caer
con una suavidad absoluta, cubriendo la cabaña y el pasado con un manto blanco
y limpio. Dentro, el fuego chisporroteó por última vez antes de convertirse en
brasas eternas. Ella apoyó la cabeza en el hombro de Alfonso, cerró los ojos y,
por primera vez en su vida, no deseó estar en ningún otro lugar del mundo.
El capítulo se cerró así: con el
silencio de los que ya no tienen nada que demostrar, y el sonido de dos
respiraciones que, por fin, rumbaban al unísono en la seguridad de su propio
reino.
Continuación del Oro del Tiempo.
El Eco de las Reinas.
Sentada frente al ventanal de la cabaña, el mundo parecía
haberse detenido. El bosque, con su quietud imperturbable, le ofrecía el
espacio que Julián siempre le había negado: el espacio para simplemente ser.
Pero en esa soledad no estaba vacía. Las paredes de madera parecían devolverle,
como un eco suave, las voces de quienes la sostuvieron cuando ella misma no
podía mantenerse en pie.
Cerró los ojos y la voz de Olga apareció con una nitidez
asombrosa. "Ánimo amiga, seguimos siendo las reinas". En su momento,
esa frase había sido un salvavidas lanzado en medio de la tormenta; ahora, en
la calma de su retiro, se transformaba en una verdad fundamental.
Se dio cuenta de que su victoria no era solo suya. Cada vez
que una de sus amigas le contaba una pena, cada vez que escuchaba la lucha de
otra mujer por su dignidad, ella iba guardando esas vivencias como tesoros en
un cofre invisible. La libertad que sentía en ese momento era el resultado de
una fuerza colectiva. Entendió que el poeta no miente cuando dice que somos
parte de todos los que hemos amado; ella era la suma de esos ánimos, de esas
risas compartidas en las que, por un instante, el dolor de Julián dejaba de
existir.
Abrió los ojos y miró sus manos. Ya no temblaban. La
"moneda falsa" de las promesas incumplidas se había quedado atrás, en
el camino de tierra que conducía a la cabaña. Aquí, en este refugio, ella
empezaba a traducir las almas de sus amigas en su propia fortaleza. Se sintió,
por primera vez, no como una sobreviviente, sino como la arquitecta de su
propia paz.
Con el eco de las palabras de Olga aun vibrando en su
pecho, se levantó y buscó aquel cuaderno de tapas gastadas que había viajado
con ella, oculto, durante tanto tiempo. Lo puso sobre la mesa de madera
rústica, justo donde la luz de la tarde caía de forma oblicua, iluminando las
motas de polvo que bailaban en el aire como pequeñas chispas de oro.
Sostuvo la pluma con una firmeza que la sorprendió. Ya no
era la mano que buscaba excusas o que escribía mensajes de disculpa. Era la
mano de una recolectora de verdades.
Se quedó mirando la página en blanco, ese espacio de
libertad creativa que tanto habíamos buscado. Recordó que no tenía que ser fiel
a los hechos que la hirieron, sino a la fuerza que la salvó. Suspiró
profundamente, dejando que el aire puro de la montaña llenara sus pulmones, y
escribió la primera línea:
"Había una vez una reina que aprendió a distinguir el
oro del tiempo entre un puñado de monedas falsas..."
Al ver las palabras plasmadas, sintió un clic interno. La
historia de Julián ya no era su presente; ahora era simplemente material
literario, una vivencia que su alma inquieta estaba transformando en algo
hermoso. Escribió sobre la cabaña, pero también sobre todas las mujeres que,
como ella, habían tenido que inventarse un refugio para volver a escucharse. El
cuaderno dejó de ser un objeto para convertirse en un espejo de su nueva
identidad.
Del Cuaderno de la
Cabaña
"Escribo esto porque el silencio ya no me asusta;
ahora me pertenece. Durante mucho tiempo, mi historia fue escrita por manos
ajenas, por voces que me decían qué valía y qué no. Me entregaron una moneda
falsa y me hicieron creer que era mi único tesoro, pero el tiempo —ese
alquimista paciente— me ha enseñado a mirar mejor.
Hoy entiendo que el Oro del Tiempo no es lo que acumulamos,
sino lo que logramos salvar del incendio. He salvado mi nombre, mi paz y esta
cabaña que ahora es mi castillo. Julián no es más que un nombre que se
desvanece en el papel, una sombra que ya no proyecta frío sobre mis días. Mi
verdadera historia no es la de una herida, sino la de una reconstrucción.
Recojo en estas páginas no solo mi voz, sino los ecos de
mis amigas. Escribo por la que aún no se atreve a salir, por la que cree que su
corona se ha roto para siempre. Les digo desde aquí, desde este rincón de
madera y luz: 'Ánimo, seguimos siendo las reinas'. No porque el mundo nos lo
conceda, sino porque nosotras hemos decidido que nuestra dignidad no está en
venta.
Este refugio no es solo de madera; está hecho de palabras,
de libertad creativa y de la certeza de que, aunque el poeta a veces invente
mundos, el sentimiento de ser libre es la única verdad que importa."
El Encuentro en el
Umbral.
Ella soltó la pluma, dejando que la última gota de tinta se
secara sobre el papel. Al levantar la vista del cuaderno, algo se movió en el
sendero que serpenteaba entre los árboles. El sol de la tarde, ya más bajo y
dorado, bañaba el camino, y fue entonces cuando lo vio.
Alfonso se dirigía hacia la cabaña. No venía con prisa, ni
con la sombra de una exigencia. Caminaba con esa parsimonia tranquila que
siempre lo había distinguido, como quien sabe que el tiempo es un aliado y no
un enemigo. Al divisarla a través del ventanal, su rostro se iluminó con una
sonrisa genuina, una de esas sonrisas que no piden nada a cambio, sino que
simplemente celebran la existencia del otro.
Ella no sintió el sobresalto de la ansiedad que solía
acompañar sus encuentros del pasado. Al contrario, sintió una calidez serena.
Ver a Alfonso sonreír mientras se acercaba era la confirmación de que la
libertad creativa de su vida estaba dando frutos: había dejado de escribir una
tragedia para empezar a vivir un poema.
Se puso en pie y caminó hacia la puerta. Ya no era la mujer
que se escondía, sino la reina que salía a recibir a quien sabía valorar su
reino. Alfonso se detuvo a pocos metros, respetando el espacio de la cabaña, y
su mirada le dijo todo lo que las palabras aún no alcanzaban a expresar. La
realidad, por fin, era tan hermosa como lo que ella acababa de escribir.
Capítulo: El Invitado
del Reino.
Alfonso no era un extraño en el sentido estricto, aunque
era la primera vez que habitaba el silencio de su cabaña. Mientras él terminaba
de subir la cuesta, ella recordó lo que Olga le había contado: cómo Alfonso se
había quedado prendado de aquella fotografía en Valencia. En la imagen, ellas
dos caminaban por las calles bañadas por el sol mediterráneo, riendo, sin saber
que alguien, al otro lado de una pantalla o un papel, estaba viendo en ellas la
definición misma de la vida.
La Luz de Valencia
en la Montaña.
El fuego chisporroteaba en la chimenea, creando sombras
cálidas que bailaban sobre las paredes de madera. Alfonso se sentó frente a
ella, sosteniendo una taza caliente entre las manos, pero su mirada no estaba
en el fuego, sino en el rostro de la mujer que tenía delante.
—Sabes —dijo él con voz suave, rompiendo el silencio de
forma natural—, a veces cierro los ojos y vuelvo a ver esa fotografía que me
enseñó Olga.
Ella sonrió de lado, un poco tímida pero curiosa.
—¿La de Valencia? Éramos solo dos amigas paseando,
intentando olvidar el mundo por un rato.
—Para ti era eso —replicó Alfonso, dejando la taza sobre la
mesa, cerca del cuaderno de ella—. Para mí, fue un descubrimiento. En esa foto,
caminando por el Carmen, no vi a alguien que huía de nada. Vi a una mujer que
llevaba su propio sol por dentro. Olga me dijo: "Mira, ella es una
reina", y no se refería a un título, sino a esa forma tuya de pisar la
tierra, como si cada paso fuera una declaración de libertad.
Ella bajó la mirada hacia su cuaderno y luego volvió a
Alfonso. Entendió en ese momento que él no estaba allí por casualidad, ni por
rescatarla de Julián. Alfonso estaba allí porque se había enamorado de su
capacidad de ser feliz, de la versión de ella que Olga siempre había defendido.
—Ese día en Valencia —confesó ella—, sentí por primera vez
en años que podía respirar sin permiso. Me alegra que fuera esa versión de mí
la que te trajera hasta aquí.
Alfonso estiró la mano y, con un respeto casi sagrado, rozó
apenas la punta de sus dedos.
—No vengo a interrumpir esa libertad. Solo vengo a ver si
hay sitio en este reino para alguien que sepa apreciar el oro de tu tiempo.
La Imagen Guardada.
Alfonso dejó su taza y buscó en el bolsillo interior de su
chaqueta. Con un cuidado infinito, extrajo un sobre pequeño de papel kraft. De
su interior sacó una copia física de la fotografía, un poco desgastada en las
esquinas por haber sido consultada muchas veces.
—La he llevado conmigo desde que Olga me la dio —dijo él,
extendiéndola sobre la mesa de madera.
Ella se inclinó para mirarla. Ahí estaban: Valencia al
fondo, la luz dorada del Mediterráneo bañando las fachadas antiguas y, en el
centro, ella misma. Se vio caminando junto a Olga, riendo de algo que ya no
recordaba, con el cabello alborotado por la brisa marina. Lo que más le impactó
no fue su belleza, sino la expresión de sus ojos: eran los ojos de alguien que,
aunque fuera por una tarde, se sentía dueña del mundo.
—Ese día —susurró ella, acariciando la imagen con la yema
del dedo—, Olga no dejaba de decirme: "Ánimo amiga, seguimos siendo las
reinas". Yo pensaba que lo decía para consolarme, para ayudarme a olvidar
la sombra de Julián que me esperaba al volver a casa.
Alfonso negó con la cabeza suavemente.
—Olga no lo decía para consolarte. Lo decía porque era la
verdad. Lo que yo vi en esta foto no fue a una mujer herida, sino a la mujer
que escribió ese cuaderno que tienes ahí. Vi la fuerza que necesitabas para
construir esta cabaña mucho antes de que pusieras la primera piedra.
Ella levantó la vista de la foto y lo miró a él. En ese
momento, la cabaña en la montaña y las calles de Valencia se unieron. Alfonso
no era un extraño que llegaba a su vida; era alguien que había estado esperando
a que ella terminara de reclamar su propio reino para poder caminar a su lado.
—Gracias por guardarla —dijo ella, sintiendo que un nudo
antiguo se deshacía definitivamente en su garganta—. Y gracias por ver a la
reina antes de que yo misma pudiera encontrar mi corona.
El Silencio
Compartido.
El fuego en la chimenea comenzó a ceder, dejando paso a un
resplandor rojizo que envolvía la estancia en una penumbra acogedora. Sobre la
mesa quedaron la fotografía de Valencia y el cuaderno abierto, dos versiones de
la misma mujer unidas por el tiempo.
Ella tomó la mano de Alfonso, sintiendo la calidez de su
piel y la seguridad de su presencia. No necesitaban más palabras; el peso de la
fotografía y la profundidad de lo escrito en el cuaderno ya lo habían dicho
todo. Alfonso no intentó romper el momento con promesas vacías; simplemente
apretó su mano con suavidad, confirmando que su Mundo de Paz ahora tenía un
guardián más.
—Es hora de descansar —susurró ella, sintiendo una ligereza
que no conocía.
Se levantaron juntos, dejando atrás las sombras de lo que
fue. Mientras la noche de la montaña envolvía la cabaña con su manto de
estrellas, ella supo que, al cerrar los ojos, no despertaría en una pesadilla
del pasado, sino en la realidad que ella misma había elegido. En el umbral del sueño,
la frase de Olga volvió una vez más, pero esta vez con un matiz nuevo. Ya no
era un grito de resistencia, sino un hecho absoluto: la reina finalmente estaba
en su trono, y la paz era su corona más brillante.
Autora : Ma. Gloria
Carreón Zapata.
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Continuará...